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Viernes, 16 de octubre de 2026
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A los 62, dejó el aula y empezó a cosechar almendras junto al río Limay: la historia de Teresita

Una profesora de Biología jubilada transformó un terreno lleno de malezas en Plottier en un emprendimiento artesanal que la ayudó a sobrellevar un cáncer durante la pandemia.

TL
Teresa LeivaSociedad y salud · · 4 min de lectura
A los 62, dejó el aula y empezó a cosechar almendras junto al río Limay: la historia de Teresita

Teresita Peláez tiene 62 años y carga con una biografía que se bifurca en dos pasiones. Durante décadas se sentó al frente del aula como profesora de Biología, hasta que la jubilación le abrió la puerta a otro oficio: cultivar almendras de manera artesanal en una hectárea ubicada en el barrio Piscicultura de Plottier, a metros del río Limay, en la provincia de Neuquén. Lo que empezó casi como una obligación terminó convirtiéndose en Almendras del Limay, un emprendimiento chico, familiar y minucioso, que además se transformó en un sostén inesperado cuando la vida le puso enfrente el diagnóstico de un cáncer en plena pandemia.

En la Argentina, según los últimos relevamientos oficiales del SENASA y del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, la producción de almendras se concentra sobre todo en Mendoza y San Juan, con participación creciente del Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Neuquén figura entre las provincias con plantaciones incipientes pero en expansión, en buena medida a partir de proyectos familiares que, como el de Teresita, empezaron como experiencias casi hogareñas y terminaron ganando escala comercial.

La historia empieza hace casi veinte años, cuando Teresita compró aquella hectárea como una inversión a largo plazo. El terreno estaba cubierto de yuyos y la prioridad inmediata fue construir la casa. Durante un buen tiempo la pregunta sobre qué hacer con el resto del espacio quedó flotando, sin respuesta. La respuesta definitiva llegó de la mano de un episodio menor: un agujero en el alambrado que obligó a intervenir ese sector.

Dejar la tierra sin trabajar significaba resignarse a que las malezas volvieran a ganar el lote; destinar el riego sólo al césped le parecía un desperdicio de agua y de esfuerzo. Entonces recordó un almendro que había plantado años antes en otro rincón del terreno y se preguntó por qué no sumar más ejemplares. Esa decisión, en apariencia doméstica, terminó trazando el rumbo de su vida productiva de jubilada.

Del aula al invernadero, de la mano de los almendros

Antes de animarse a plantar una fila entera, Teresita buscó asesoramiento en el Centro PyME de su zona. Allí la atendió la ingeniera Silvana Moschini, que la orientó y, según sus propias palabras, terminó de encenderle el entusiasmo. "Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara", resume Teresita con una sonrisa que se adivina del otro lado del relato. En 2013 plantó los primeros árboles precisamente donde había estado roto el alambrado, y dos años después incorporó un segundo cuadro de plantación.

“Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara.”Teresita Peláez, sobre la ingeniera Silvana Moschini

Por esos años ella todavía daba clases y el proyecto era, en sus propias palabras, "un hobby que a veces me ha resultado un poco caro". Una ventaja práctica pesó desde el principio: las almendras no exigen venderse de inmediato después de la cosecha, lo que le permitió manejar los tiempos sin que el emprendimiento se transformara en una carga adicional al ritmo de la jubilación.

Una producción que se hace a mano, paso a paso

  • Almendras naturales, sin agregado de sal ni de azúcar.
  • Almendras tostadas, que concentran sabor y se conservan mejor.
  • Almendras saladas, listas para consumir como snack.
  • Almendras garrapiñadas, cubiertas con caramelo.
  • Harina de almendras, un insumo muy demandado en repostería y pastelería.

Teresita participa de cada etapa, desde la poda y la fertilización hasta la cosecha y el empaquetado. De manera permanente trabaja junto a ella José Luis, un hombre con experiencia en chacras que se jubiló y se sumó al proyecto. "Es muy artesanal", describe, y la frase funciona casi como definición de marca.

La pandemia, el cáncer y el invernadero como refugio

El espacio fue creciendo en otras direcciones: los almendros abrieron la puerta a la apicultura, a las plantas aromáticas, a una huerta familiar y, durante la pandemia, a la construcción de un invernadero propio. Fue precisamente en esos meses cuando el vínculo con la tierra tomó otra dimensión: Teresita atravesó un cáncer mientras seguía el tratamiento médico y encontró en las tareas cotidianas del invernadero una forma de sostenerse. La rutina de regar, podar y esperar los brotes funcionó como ancla emocional en los días más difíciles del tratamiento.

Hoy, con el alta médica y el invernadero ya consolidado, Almendras del Limay se ofrece como un proyecto que combina producción, terapia y transmisión. Quienes quieran conocer la propuesta, escribirle a Teresita o acercarse a comprar pueden hacerlo contactándola a través de su cuenta de Instagram @almendrasdellimay, donde publica novedades, fechas de cosecha y puntos de entrega en Plottier y la ciudad de Neuquén, en general de lunes a sábados de 9 a 18.

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Teresa LeivaSociedad y salud

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