Argentina, en el podio de los turistas que eligen República Dominicana: cifras, rutas y tesoros coloniales más allá del clásico Caribe
Cifras récord, un ministro que pasó por Buenos Aires y la promesa de un mapa con tres paradas para redescubrir la tierra que comparte isla con Haití.

Les cuento una cifra que me llamó la atención cuando la escuché de boca del propio ministro de Turismo dominicano, David Collado, en el marco de la Feria de Turismo celebrada en Buenos Aires, donde República Dominicana fue el país invitado de honor: durante 2025 llegaron al Caribe 440.212 turistas argentinos, y la proyección oficial para este año es superar holgadamente la barrera de los 500.000, lo que ubica a la Argentina en el tercer puesto del ranking de mercados emisores, sólo por detrás de Estados Unidos y Canadá, en un podio que hace cinco años parecía impensado y que hoy se sostiene con una combinación de conectividad aérea, tipo de cambio favorable y una oferta hotelera que ya no se concentra exclusivamente en la postal típica de playa con cocoteros.
El funcionario, que conozco de anteriores coberturas, fue muy preciso con los datos que difundió ante la prensa especializada: el turista argentino se queda en promedio nueve noches, un período considerablemente más largo que el de otros mercados, y casi la totalidad de quienes regresan manifiesta su voluntad de volver, un indicador que en la jerga del sector llaman "tasa de repetición" y que para los operadores locales vale más que mil campañas de marketing, porque garantiza la sostenibilidad del flujo sin necesidad de gastar en captación permanente.
Tres destinos para armar un recorrido completo
- Punta Cana, sobre la costa este, sigue siendo el imán clásico: concentra la oferta hotelera más grande del país y uno de los aeropuertos con mayor tráfico del Caribe, con vuelos directos desde Buenos Aires que demoran alrededor de nueve horas.
- Puerto Plata, sobre el Atlántico norte, ofrece playas organizadas, infraestructura turística consolidada y un perfil más cercano al de un destino de descanso tradicional, con la ventaja adicional de temperaturas algo más frescas que la zona este.
- Juan Dolio, a pocos kilómetros de Santo Domingo sobre el mar Caribe, suma aguas calmas, restaurantes frente al mar y acceso directo a la capital, una combinación ideal para quienes quieren combinar historia colonial con playa sin hacer base en hoteles opacos.
Ahora bien, si hay algo que quiero destacar especialmente en esta nota es el valor patrimonial del cuarto vértice del viaje, la ciudad de Santo Domingo, cuyo casco antiguo -conocido como la Zona Colonial- fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco y guarda algunos de los edificios más antiguos construidos por europeos en todo el continente americano, una afirmación que no es exagerada si se tiene en cuenta que allí se levanta la Catedral Primada de América, el templo católico más antiguo del hemisferio, y la famosa Calle Las Damas, considerada la primera vía pavimentada del Nuevo Mundo, cuyo nombre proviene de las damas de la corte de María de Toledo, esposa de Diego Colón, que la recorrían cada tarde como una suerte de paseo ritual de la elite colonial.
Una restauración en marcha que vale la pena ver de cerca
Les confieso que recorrí a pie durante dos jornadas este entramado urbano que atraviesa un ambicioso proceso de restauración: fachadas de iglesias coloniales del siglo XVI cubiertas por andamiajes, museos en plena puesta en valor y viviendas tradicionales de barrios como San Antón y Santa Bárbara que vuelven a recuperar sus colores originales, una transformación que el gobierno dominicano ejecuta con fondos propios y cooperación internacional, y que deja a la vista capas de historia que en otras capitales del continente ya se perdieron bajo el asfalto o el descuido.
Entre los hitos que no pueden faltar en la recorrida sobresalen el Alcázar de Colón, residencia que mandó a construir Diego, el hijo del almirante, y la Fortaleza Ozama, considerada la construcción defensiva europea más antigua de América, una mole que todavía vigila la desembocadura del río Ozama y que durante siglos fue el símbolo del poder español en el Caribe; muy cerca se erige el Panteón de la Patria, que originalmente funcionó como templo jesuita y hoy guarda los restos de los héroes independentistas dominicanos, en un recorrido que condensa la transición del coloniaje a la soberanía nacional.
Como cierre, y porque entiendo que la experiencia de un destino no se agota en su patrimonio edilicio, vale la pena mencionar que la música del merengue suena omnipresente en cada esquina, que los platos típicos -el mofongo a base de plátano verde machacado y el sancocho, un guiso contundente que se sirve los domingos en las casas de familia- forman parte del ADN de cualquier visita, y que existen recorridos por fábricas de ron y bares especializados en mamajuana, el trago insignia de la isla que se prepara con raíces, hierbas y miel maceradas en ron, y que acompaña las sobremesas más largas del Caribe.
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