Azcuénaga, el pueblo de 350 habitantes que se reinventa con diez mesas y una fonda centenaria
A cien kilómetros de Buenos Aires, la localidad suma opciones para comer, dormir y caminar entre construcciones de principios del siglo XX. La reserva previa, sobre todo los domingos, es la llave de entrada al circuito.

En el pasillo de La Moderna, la panadería que Laura González heredó junto a sus hijas, el aroma a galleta de campo sale antes que el sol. La escena se repite cada fin de semana en Azcuénaga, un pueblo de apenas 350 habitantes del noroeste bonaerense que reorganizó su economía alrededor de la gastronomía, el turismo rural y el patrimonio arquitectónico. A cien kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, el visitante encuentra hoy diez restaurantes, cuatro opciones de alojamiento y un puñado de construcciones centenarias que funcionan como hilo conductor de la escapada.
Quien planee llegar un domingo debe saberlo antes de subir al auto: la mayoría de los locales no recibe a quien llega sin aviso. La advertencia no es un capricho. Con una oferta concentrada y una clientela que viaja desde la capital y desde San Antonio de Areco, las mesas se completan con reserva previa. Quienes no lleguen a tiempo pueden probar, entre semana, el buffet del Club Recreativo Apolo, donde Marcelo Santander y Marcela Ronco sirven ravioles caseros y milanesas.
Diez mesas, cuatro paredes y una fonda de 1903
Sigamos la plata. La oferta gastronómica se reparte entre la parrilla, las pastas y dos cocinas de autor, una italiana y una francesa. Almacén C&T funciona en la antigua Casa Terren, abierta en 1912 y recuperada por la familia Coarasa, con carnes y picadas. La Porteña prepara pastas y osobuco con risotto de calabaza. Lo de Grace ofrece parrilla y pasta libre en una construcción rodeada de campo. Cucina de Santo suma pastas y mariscos. Le Four, con Vanesa Plaza al mando, sostiene una propuesta francesa que incluye cordero con ciruelas. La Posta y Silvestre completan parte del circuito.
- La Piamonte: habitaciones en el edificio de la Fonda de Sforzini, de 1903, frente a la antigua estación ferroviaria.
- La Magnolia: casona rural con servicio de alojamiento.
- Rancho Aparte: cabañas con pileta.
- El Nido: otra opción para dormir en el pueblo.
- Los Vagones de Areco: alojamiento más alejado, sobre rieles reciclados.
Caminos de tierra, liebres y una capilla de 1907
A unas pocas manzanas del centro, el paisaje cambia de vereda. Los caminos rurales reciben bicicletas y motos, aunque el estado del piso depende del clima: barro después de la lluvia, polvo en las semanas secas. En los márgenes se observan liebres, vizcachas y lechuzas. La caminata permite enlazar la panadería, donde se elabora galleta de campo en horno a leña, con la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907 y abierta por Ramona Lescano los fines de semana.
Quien gana con esta reconfiguración es el pueblo: diez restaurantes y cinco opciones de alojamiento sostienen un flujo de visitantes que, de otro modo, pasaría de largo hacia San Antonio de Areco. Quien pierde, paradójicamente, es la vida cotidiana de los 350 habitantes, sometidos al ritmo de las reservas y al movimiento de los fines de semana. Para el visitante, en tanto, la recomendación es concreta: reservar primero, almorzar segundo y caminar después, con el reloj puesto en el horario del regreso.
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