Comer en familia: el hábito cotidiano que también es un acto educativo
Un consenso de especialistas pediátricos presentado en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica advirtió que la manera en que se comparten las comidas en la casa resulta tan decisiva como el menú mismo a la hora de formar los hábitos alimentarios de chicos y adolescentes.

A mí siempre me gusta arrancar estas notas con una escena concreta, porque ayuda a entender de qué estamos hablando sin perder de vista lo cotidiano. Pienso en Luciana, una mamá de La Plata con tres chicos, que me contaba el otro día lo difícil que le resulta juntar a toda la mesa a la noche. El padre llega tarde del trabajo, el más grande ya entrena fútbol a las nueve, la mediana tiene inglés y el pequeño se duerme en el sillón esperando. Luciana hace malabares con la cena, la mochila y las viandas del día siguiente, y se pregunta si algo tan sencillo como sentarse juntos termina importando más de lo que ella cree. La respuesta, según acaban de subrayar un grupo de especialistas argentinos, es que sí: importa, y mucho.
La Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, presentada por el Ministerio de Salud de la Nación en 2019, había descrito un escenario preocupante: 41,1 por ciento de los chicos de entre cinco y diecisiete años registraba exceso de peso, mientras que la prevalencia de anemia y de ingesta insuficiente de nutrientes clave se mantenía como un problema extendido en los primeros años de vida. En ese contexto, el nuevo consenso NutreAR, impulsado por PROFENI —Profesionales Expertos en Nutrición Infantil— y difundido en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría, pone la lupa sobre un aspecto menos discutido: no solo importa, sino cómo, cuándo y con quién se come.
Comensalidad, un concepto que ordena la discusión
La palabra que ordena la propuesta es comensalidad, un término que describe todo lo que rodea al acto de comer: el lugar, los horarios, los acompañantes, la conversación y hasta el silencio. Los especialistas que participaron del consenso insisten en que hablar de alimentación infantil sin contemplar ese entorno es mirar solamente una parte del problema. Un nene de dos años, un chico de diez y un adolescente de dieciséis tienen necesidades nutricionales muy distintas, pero además comparten algo: construyen sus hábitos alimentarios, en gran medida, por imitación de lo que ven en su mesa.
Lo que los especialistas recomiendan, en la práctica, es sostener al menos una comida compartida por día. En la mayoría de los hogares argentinos la cena termina siendo la más viable, porque los horarios de trabajo, la escuela y las actividades deportivas dificultan coincidir en otros momentos. La mesa no tiene que ser necesariamente la familiar en sentido estricto: cenar con amigos o con la familia extendida cumple la misma función. Y un detalle que vale la pena rescatar del consenso: a partir de los catorce o quince años se vuelve habitual encerrarse en la pieza y comer frente a la pantalla, justo cuando más se necesita consolidar rutinas de alimentación saludables.
- Ofrecer siempre algún alimento nuevo, aunque el chico lo rechace varias veces, para ampliar su repertorio de manera gradual.
- Evitar consolidar menús demasiado restringidos, porque la selectividad alimentaria se vuelve más difícil de revertir con el paso de los años.
- Sostener al menos una comida compartida al día, idealmente la cena, frente a la menor cantidad de pantallas posibles.
- Planificar las viandas del colegio con la misma variedad que se busca en la mesa del hogar, para que la escuela sea una extensión del aprendizaje alimentario.
- Reconocer que comer con amigos, primos o abuelos cumple un rol similar al de la mesa familiar y refuerza la comensalidad.
- Consultar al pediatra si la selectividad es muy marcada o si aparece una pérdida de peso preocupante, antes de naturalizar el problema.
El consenso también subraya que la comensalidad no termina en la puerta de la casa. En la escuela, los comedores con menús planificados con criterios nutricionales y las viandas preparadas en casa funcionan como una prolongación de esa educación cotidiana. Que un chico vea en el comedor escolar preparaciones distintas de las del hogar, y que las pruebe en compañía de sus compañeros, amplía sus oportunidades de incorporar alimentos nuevos sin que el momento se vuelva una prueba de fuerza. La idea de fondo es que la alimentación se enseña no solo con la palabra, sino sobre todo con el ejemplo repetido.
A mí, como a varios lectores, este tipo de recomendaciones me generan una sensación agridulce. Por un lado, son razonables, accesibles y no requieren grandes inversiones; por otro, chocan contra rutinas laborales muy extendidas en la Argentina, con horarios laborales extensos, viajes largos al trabajo y una oferta de actividades extraescolares que suelen ocupar las tardes. Reconocer esa tensión me parece más honesto que pretender que basta con proponérselo para resolverla. Cada familia, en su propio contexto, puede ir acomodando una comida diaria compartida como punto de partida, sin la presión de replicar escenas idílicas que pocas veces existen tal como se publicitan en publicidades y series.
A dónde acudir y en qué horario
Para consultas sobre nutrición pediátrica, las familias pueden acercarse a los centros de salud y hospitales públicos, donde funcionan servicios de Pediatría y de Nutrición con demanda espontánea, generalmente de lunes a viernes entre las 8 y las 14. La Sociedad Argentina de Pediatría, en su sede de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ofrece orientación profesional para padres de lunes a viernes de 10 a 17, en su sitio oficial www.sap.org.ar. Para una atención más personalizada, el Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Buenos Aires y sus equivalentes en cada provincia cuentan con listados públicos de profesionales matriculados. En caso de urgencia por sospecha de trastorno alimentario o por pérdida de peso acelerada, se debe concurrir directamente a la guardia pediátrica del hospital más cercano, sin turno previo.
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