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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando el afecto se vuelve exigencia: cómo las expectativas familiares alimentan la culpa en los hijos

La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa (Paidós), sostiene que las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos pueden convertirse en mandatos difíciles de cumplir, incluso cuando se transmiten con cariño. Su propuesta pasa por distinguir la responsabilidad por los propios actos del reproche permanente.

TL
Teresa LeivaSociedad y salud · · 4 min de lectura
Cuando el afecto se vuelve exigencia: cómo las expectativas familiares alimentan la culpa en los hijos

A los pocos minutos de empezar la conversación, Mauro recuerda una escena que repite desde la adolescencia. Su madre le sonríe, le pregunta cómo le fue en el examen y, antes de que él alcance a responder, ya está hablando del primo que terminó la carrera antes que él. No hay un reproche directo, no hay un grito, pero queda flotando en el aire esa pregunta que nunca se formula en voz alta: ¿por qué no podés ser como él? Esa incomodidad, ese nudo en el estómago después de cada visita familiar, es exactamente lo que la psicóloga Cynthia Wila describe cuando habla de la culpa que se construye a partir de las expectativas de los demás.

El planteo de Wila aparece en su ensayo La culpa, publicado por Paidós, y pone el foco en un fenómeno que atraviesa a buena parte de las familias: las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos suelen incluir proyectos que ellos mismos no lograron concretar. Cuando esas metas se trasladan a los más jóvenes, aparece una demanda que, desde la perspectiva de la autora, resulta imposible de satisfacer, porque implica cumplir con los deseos pendientes de otra persona. Para la especialista, esa dinámica se vuelve especialmente pesada cuando se sostiene en el tiempo y se naturaliza dentro del vínculo.

El peso de un pedido dicho con cariño

Lo que vuelve difícil de identificar este tipo de exigencia es su forma de transmisión. Wila advierte que no hacen falta palabras hirientes para generar una carga. Un pedido expresado con afecto puede dejar abierta la misma inquietud: la necesidad constante de descifrar qué esperan los adultos y qué habría que hacer para obtener su aprobación. Para la psicóloga, esa búsqueda permanente de aceptación puede provocar angustia y una culpa que se instala sin que la persona identifique con claridad de dónde viene.

En la conversación, la autora también marca una diferencia que considera clave: las normas que ayudan a convivir, como las que ponen límites a la agresividad, no son lo mismo que los mandatos que restringen las elecciones personales. Algunas exigencias familiares quedan asociadas al miedo a perder el afecto de quienes las transmiten, y por eso las decisiones más íntimas, desde la vocación hasta los vínculos de pareja, pueden quedar condicionadas por ese temor.

  • Las expectativas de madres y padres pueden incluir proyectos que ellos no concretaron y que se trasladan a los hijos como demandas difíciles de cumplir.
  • No hace falta un reproche explícito: un pedido expresado con cariño también puede instalar la búsqueda constante de aprobación.
  • La culpa se sostiene, en muchos casos, por el miedo a perder el afecto de quien formula la exigencia.
  • Las normas que regulan la convivencia se diferencian de los mandatos que limitan las decisiones personales.
  • Las voces y los juicios de la infancia suelen incorporarse como reproches propios y pueden persistir en la vida adulta.

Una revisión que empieza por preguntarse qué se reprocha uno mismo

La propuesta de Wila apunta a una operación concreta: detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad real por los propios actos. El eje es revisar de qué se acusa cada persona, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí misma. En sus propias palabras, se trata de distinguir entre hacerse cargo de lo que efectivamente se hizo y cargar con un reproche que muchas veces no corresponde.

La psicóloga aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias de cada persona, y por eso describe recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas en la infancia. Esas marcas, sostiene, pueden convertirse en una voz interna que sigue exigiendo aun cuando ya no hay nadie del otro lado formulando el pedido.

A dónde acudir y en qué horario

Para quienes sientan que estas dinámicas los atraviesan, la línea gratuita de orientación psicológica del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires atiende de lunes a viernes de 8 a 0 en el 147, opción 6. En la provincia de Buenos Aires, el servicio Salud Mental Responde funciona todos los días, las 24 horas, al 0800-444-4000. A nivel nacional, la línea del Hospital Bonaparte, especializada en salud mental, recibe consultas de lunes a viernes de 8 a 20 en el (011) 4305-0091.

TL
Teresa LeivaSociedad y salud

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