Cuando el intestino pide atención: por qué la rutina de comidas y otros hábitos diarios pueden pasarte factura
Gases, hinchazón, reflujo o cambios persistentes en las deposiciones no son normales. Especialistas consultados recuerdan que la variedad en la mesa, el uso responsable de los antibióticos y el manejo del estrés son pilares del cuidado digestivo, pero ninguno reemplaza la consulta médica cuando los síntomas se repiten en el tiempo.

A María Ester, como a tantos vecinos de los barrios porteños, le costó años admitir que aquellas molestias digestivas que arrastraba desde los treinta no eran parte de la vida cotidiana. Soportaba hinchazón después de almorzar, gases que no encontraba cómo aliviar y una sensación de pesadez que se repetía cada semana. Recién cuando una colega del consultorio la empujó a sentarse frente a una especialista en nutrición clínica entendió que la suya no era una panza protestona: era un intestino que le estaba pidiendo, en su idioma, un cambio de hábitos y una evaluación profesional. La historia de María Ester es la de millones: gente que naturaliza lo que debería consultar.
En el plano global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recuerda que las enfermedades digestivas se cuentan entre los motivos de consulta más frecuentes y que una parte importante de los trastornos funcionales del intestino están atravesados por la dieta, el estrés y el uso de medicamentos. La fibra, presente en frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, cumple un papel central: alimenta a parte de los microorganismos que viven en el tubo digestivo y ayuda a sostener el equilibrio de esa comunidad que los especialistas llaman microbiota. La OMS recomienda consumir, como mínimo, 400 gramos diarios de frutas y verduras para reducir el riesgo de enfermedades crónicas, una cifra que en la Argentina está lejos de cumplirse en buena parte de la población adulta.
La variedad en la mesa como primera línea de cuidado
La dietista Jenna Volpe explicó que cuando la alimentación se vuelve repetitiva y predominan los productos ultraprocesados —galletas, embutidos, snacks, bebidas azucaradas— la microbiota puede modificarse y favorecerse un estado de inflamación de bajo nivel que se expresa con molestias digestivas persistentes, fatiga y cambios en el ritmo evacuatorio. La recomendación es volver a la diversidad: rotar frutas de estación, sumar legumbres al menos dos veces por semana, incorporar cereales integrales en lugar de sus versiones refinadas y aceitar el plato con frutos secos o semillas.
La especialista en nutrición clínica Marcie Vaske fue más allá y advirtió que los alimentos fermentados —yogur, kéfir, chucrut, kimchi— pueden formar parte de una dieta variada y contribuir al equilibrio intestinal, pero incorporarlos no sustituye una consulta médica cuando los síntomas se repiten. Conviene tener presente, además, que la fibra debe introducirse de manera gradual y con buena hidratación para evitar el efecto contrario al deseado.
Antibióticos, estrés y movimiento: los otros tres frentes
El Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos identifica a la alimentación y a los medicamentos entre los factores que pueden modificar la composición de la microbiota. Los antibióticos son herramientas necesarias frente a infecciones bacterianas cuando están indicados, pero su uso innecesario o la interrupción del tratamiento alteran microorganismos beneficiosos y pueden abrir la puerta a diarreas, hinchazón o infecciones secundarias. La recomendación sanitaria es clara: tomar antibióticos solo con prescripción médica y completar el ciclo indicado, sin acortarlo ni extenderlo por cuenta propia.
La gastroenteróloga Asma Khapra, en tanto, describió que el estrés crónico puede alterar los movimientos naturales del tubo digestivo y aumentar la sensibilidad intestinal, lo que se traduce en cuadros funcionales que se confunden con otras enfermedades. Por eso, el cuidado del intestino incluye también el cuidado de la cabeza: técnicas de respiración, rutinas de sueño, vínculos sociales y, cuando el malestar lo justifica, acompañamiento psicológico.
El movimiento completa el cuadro. Para adultos, la OMS recomienda acumular entre 150 y 300 minutos de actividad física moderada por semana —caminatas, bicicleta, natación—, una pauta que ayuda a regular el tránsito intestinal y a reducir el estrés. No hace falta inscribirse en un gimnasio: subir escaleras, estacionar un poco más lejos o bajar del colectivo dos paradas antes ya cuenta.
“Los alimentos fermentados pueden formar parte de una dieta variada, pero incorporarlos no sustituye una consulta si las molestias vuelven.”Marcie Vaske, especialista en nutrición clínica
En la Ciudad de Buenos Aires, el primer paso es pedir turno con un médico clínico o gastroenterólogo en el centro de salud u hospital público más cercano, donde la atención es gratuita. Los hospitales públicos porteños cuentan con servicios de gastroenterología que atienden de lunes a viernes, en general entre las 8 y las 14, con turno programado; para consultas por demanda espontánea, los centros de salud y las guardias funcionan las 24 horas. Para asesoramiento alimentario, los servicios de Nutrición de esos mismos hospitales atienden con derivación del médico tratante. En el sector privado, obras sociales y prepagas cubren las consultas con especialistas y los estudios digestivos habituales; conviene verificar copagos y autorización previa.
María Ester hoy cuenta con una rutina más diversa en la mesa, camina cuarenta minutos por día y volvió a dormir de corrido. Sigue concurriendo a controles periódicos, porque aprendió que el intestino no avisa con estruendo: lo hace con susurros que, escuchados a tiempo, evitan males mayores. Atenderlo es, en definitiva, una manera de atendernos.
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