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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa en la vida adulta

La caída en la producción de lactasa suele hacerse visible entre los 20 y los 30 años y se manifiesta con hinchazón, gases y diarrea. Especialistas explican qué la provoca, cómo distinguirla de una alergia y de qué manera reorganizar la alimentación sin perder nutrientes clave.

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Teresa LeivaSociedad y salud · · 5 min de lectura
Cuando la leche deja de sentar bien: la intolerancia a la lactosa en la vida adulta

A Graciela le gustaba tomar un vaso de leche tibia antes de dormir, como le había enseñado su madre. Lo hizo durante décadas sin problema. Pero cerca de los 38 años empezó a notar que el ritual ya no terminaba igual: se levantaba a la madrugada con la panza inflamada, ruidos intestinales y, en las noches más bravas, con diarrea. Probó con descremada, luego con deslactosada y, cuando el gastroenterólogo le explicó lo que ocurría en su intestino, entendió que el cambio no era un capricho del cuerpo: era la enzima que digiere la lactosa dejando de producirla en la cantidad de antes.

Se trata de un cuadro muy frecuente: la hipolactasia del adulto, más conocida como intolerancia a la lactosa. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos de Argentina, cerca del 40 por ciento de los mayores de 20 años en el país declara tener algún grado de dificultad para digerir los lácteos, una cifra que crece con la edad y que es más alta en las mujeres. La causa es una reducción progresiva de la lactasa, la enzima que el intestino delgado fabrica para descomponer el azúcar de la leche y permitir su absorción. Cuando esa enzima cae, la lactosa llega sin digerir al intestino grueso, donde las bacterias la fermentan y generan los síntomas clásicos.

Qué pasa dentro del cuerpo

El mecanismo es bastante concreto. La lactosa que no se absorbe arrastra agua hacia el colon y, al mismo tiempo, es fermentada por la microbiota intestinal. De ese doble proceso salen los gases, la hinchazón, los cólicos y las deposiciones blandas o líquidas. La velocidad con la que aparece cada molestia varía: hay quienes las sienten a los treinta minutos de tomar un café con leche y quienes recién las perciben varias horas después. La cantidad de lactosa tolerada también es personal: algunos toleran un yogur pero no un vaso de leche; otros, un queso maduro pero no un poste de crema.

  • Hinchazón y distensión abdominal, que suele ser el primer signo que notan los pacientes.
  • Dolor tipo cólico, en general alrededor del ombligo o en la parte baja del abdomen.
  • Gases con olor intenso, consecuencia directa de la fermentación en el colon.
  • Diarrea o heces pastosas, que aparecen cuando la lactosa arrastra demasiada agua.
  • Náuseas y, con menos frecuencia, ruidos intestinales audibles.
  • Sensación de malestar general, que en algunos casos se confunde con un cuadro de colon irritable.

Los síntomas suelen hacerse visibles entre los 20 y los 30 años, aunque pueden aparecer mucho más tarde. La genética pesa: la condición es más frecuente en personas de ascendencia asiática oriental, nativa americana y africana occidental, y bastante menos común en poblaciones del norte de Europa. Esa diferencia se vincula con la historia de cada grupo respecto de la cría de animales lecheros: en las comunidades que llevan miles de años consumiendo leche fresca, la persistencia de la lactasa en la adultez se volvió la norma; en otras, la pérdida de la enzima es la regla.

Intolerancia no es lo mismo que alergia

La confusión es habitual, pero los dos cuadros son distintos. La alergia a la leche involucra al sistema inmunitario, que reacciona frente a las proteínas lácteas caseína y suero. Puede dar urticaria, vómitos, eccema, silbidos en el pecho o, en los casos más graves, una reacción anafiláctica. Aparece sobre todo en la infancia y suele ser una de las alergias alimentarias más tempranas. La intolerancia, en cambio, es un problema digestivo: la lactosa no se rompe y, al fermentar, genera gases y diarrea. No hay respuesta inmunitaria ni riesgo de shock.

Para confirmarlo, el método de referencia es la prueba de hidrógeno en aire espirado. La persona toma una dosis estandarizada de lactosa y sopla en un dispositivo cada treinta minutos durante unas cuatro horas. Un aumento marcado de hidrógeno indica que la lactosa llegó al colon sin absorberse. Sin embargo, muchos gastroenterólogos empiezan por algo más simple: pedirle al paciente que suspenda los lácteos durante dos o tres semanas y observe qué pasa. Si los síntomas desaparecen y vuelven al reintroducirlos, el diagnóstico está prácticamente hecho.

Cómo armar una alimentación que funcione

El primer paso es saber qué cantidad de lactosa tolera cada uno, porque no se trata de eliminar todos los lácteos de golpe sino de ajustar la dieta. Los quesos duros como el parmesano, el provolone estacionado o el sardo tienen muy poca lactosa porque se pierde durante la maduración. Los yogurtes y las leches fermentadas también se toleran mejor, porque las bacterias que llevan ya consumieron parte del azúcar. Las leches deslactosadas, en las que la lactosa se rompió en fábrica, son otra opción práctica para mantener el aporte de calcio y vitamina D sin los síntomas.

Conviene repartir la lactosa a lo largo del día en lugar de concentrarla en una sola comida. Tomar un vaso de leche entera con el desayuno, si se tolera, suele sentar mejor que tomarlo solo. Y siempre es buena idea combinar la leche con otros alimentos, porque la digestión se vuelve más lenta y la enzima tiene más tiempo para trabajar. Si después de dos semanas de ajustar la alimentación las molestias siguen, hay que volver al médico: puede haber un problema de base, como un síndrome de intestino irritable, una celiaquía no diagnosticada o una disbiosis reciente que cambió la respuesta del intestino.

Para los lectores que quieran profundizar, en la Ciudad de Buenos Aires el Hospital de Gastroenterología Carlos Bonorino Udaondo, en la calle Caseros 2061, atiende en el servicio de nutrición clínica de lunes a viernes de 8 a 12 con turno previo por la central de turnos del hospital. En la provincia de Buenos Aires, los centros de atención primaria de cada municipio cuentan con nutricionistas que pueden orientar la transición de manera gratuita; basta con pedir turno en la mesa de entrada del centro de salud más cercano al domicilio. Y para una consulta inicial, la línea gratuita del Ministerio de Salud de la Nación, 0800-222-1002, funciona de lunes a viernes de 9 a 21 y orienta sobre dónde concurrir según el lugar de residencia.

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Teresa LeivaSociedad y salud

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