Cuando una pantalla se vuelve un campo de batalla: lo que hay detrás de los mensajes que nos sacan de quicio
Las psicólogas Marina Mammoliti y Karina Carreño explican cómo la sobreinterpretación de mensajes se cuela en la pareja, por qué el cerebro completa lo que no sabe con los peores escenarios y qué herramientas concretas proponen para salir de ese circuito antes de que la confianza se resienta.

A Lorena, cuarenta y dos años, contadora y madre de dos chicos, se le cruzó un cable la semana pasada cuando su marido le contestó un audio de WhatsApp con un escueto “ok”. Ella estaba en medio de una jornada laboral agotadora, le había contado que estaba bajoneada y él, en vez de preguntar qué le pasaba, le mandó esa única palabra. Lorena, según cuenta, se quedó mirando el celular durante varios minutos: “Pensé que estaba enojado, que le había molestado algo de lo que le dije, hasta se me cruzó la idea de que se quería separar”. Recién cuando llegó a su casa y lo encontró preparando la cena como siempre, se dio cuenta de que el “ok” no había sido otra cosa que una respuesta rápida entre dos reuniones. “Pero el daño ya estaba hecho adentro mío”, resume.
La escena, que podría repetirse en miles de parejas argentinas, es el punto de partida para una conversación cada vez más urgente en los consultorios: cómo la sobreinterpretación de mensajes de texto se vuelve una amenaza silenciosa para la confianza. En el país, según la última Encuesta Nacional de Factores de Riesgo y la más reciente edición del Estudio sobre Salud Mental de la población adulta, alrededor de uno de cada tres adultos reconoce haber atravesado períodos de malestar emocional sostenido vinculados a conflictos vinculares, y los profesionales consultados remarcan que los problemas de pareja aparecen entre los tres motivos más frecuentes de consulta psicológica ambulatoria.
Lo que pasó y lo que imaginamos: la primera línea de trabajo
Para la neuropsicóloga Karina Carreño, la clave está en una distinción que parece sutil pero resulta decisiva: separar el hecho observable de la interpretación que le agregamos. “La pareja contestó con pocas palabras, eso es un dato. Que esté enojada, en cambio, es una suposición. Regular la ansiedad y conversar para aclarar lo que nos pasa suele ser más sano que dar por cierta una intención que todavía no conocemos”, explica. En la misma línea, la psicóloga Marina Mammoliti propone hacer un movimiento inverso al que solemos hacer: en lugar de concentrarnos en descifrar al otro, mirar hacia adentro y preguntarnos qué emoción nos está despertando ese silencio o esa respuesta seca. “Ese cambio de foco es parte de lo que recomendamos para interrumpir la interpretación constante y volver a una conversación directa”, sostiene.
- Separar el hecho de la interpretación: registrar qué pasó objetivamente antes de asignar un significado.
- Reconocer la propia emoción: identificar si lo que sentimos es miedo, enojo o inseguridad, y ponerlo en palabras.
- Preguntar de manera directa antes de sacar conclusiones: la incertidumbre se reduce cuando se consulta sin agredir.
- Aceptar que no siempre habrá respuesta inmediata: aprender a tolerar la demora sin convertirla en motivo de sospecha.
- Volver a los hechos cuando aparece el conflicto y abrir el diálogo en lugar de sostener la pelea en el terreno de las conjeturas.
“Cuando falta información sobre lo que siente o piensa el otro, el cerebro intenta anticiparlo y recurre a experiencias anteriores, a los propios miedos e inseguridades. Así, una demora termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya elementos para sostener esa conclusión.”Karina Carreño, neuropsicóloga
Mammoliti coincide y agrega un matiz que pesa: las experiencias dolorosas previas también condicionan la lectura que hacemos de la pareja. Una necesidad genuina de estar un rato a solas, por ejemplo, puede leerse como indiferencia si en el pasado hubo miedo al abandono. La inseguridad, la baja autoestima o haber atravesado escenas de infidelidad alimentan la búsqueda de confirmaciones y el intento de controlar al otro. Cuando esas conjeturas empiezan a dirigir las respuestas, aparecen las discusiones por situaciones imaginadas y los pedidos reiterados de seguridad que, paradójicamente, van horadando la confianza que pretendían proteger.
A dónde acudir y en qué horario
Para quienes sientan que estos patrones se repiten y están afectando la convivencia, existen líneas gratuitas y servicios públicos de atención. En la Ciudad de Buenos Aires funciona la línea 147 de Salud Mental, de lunes a viernes de 8 a 20, donde se puede pedir orientación y derivación a centros de salud con equipos de guardia. En la provincia de Buenos Aires está disponible el 0800-444-4000, también gratuito, con atención las 24 horas. A nivel nacional, el 0800-444-4000 del Ministerio de Salud conecta con equipos de salud mental. En hospitales públicos como el Borda, el Moyano y el Álvarez se atienden consultas ambulatorias sin turno previo en horarios de mañana, y los centros de atención primaria en distintos barrios cuentan con psicólogos de planta. El Hospital Italiano y el CEMIC, entre otros, ofrecen consultorios externos con turno programado. Si la situación desborda, las guardias de salud mental de los hospitales generales reciben sin turno, todos los días, durante las 24 horas. Pedir ayuda, remarcan las especialistas, no es un signo de debilidad sino la manera de empezar a desactivar un circuito que, de otro modo, termina hablando por nosotros.
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