Dos pueblos vacíos de Burgos se convierten en el escenario real de una historia sobre la Guerra Civil
Los directores Javier Calvo y Javier Ambrossi eligieron Castil de Carrias y Loranquillo, dos aldeas abandonadas de la provincia de Burgos, para rodar las escenas históricas de su película "La bola negra". Las ruinas sirvieron de decorado natural, sin necesidad de construir ni destruir.

Lo que más me llamó la atención cuando me enteré de dónde habían decidido instalar a su elenco los Javier de toda la vida, los Calvo y Ambrossi, no fue tanto la película en sí sino el escenario que habían elegido: nada menos que Castil de Carrias, una aldea fantasma perdida a unos diez kilómetros de Belorado, en pleno corazón de la provincia de Burgos, que durante décadas viene siendo testigo mudo del abandono y la despoblación que castigó al interior de España durante el siglo XX. Lo que me terminó de cautivar es que, según me fui interiorizando del asunto, no se trataba de un capricho estético ni de una ocurrencia artística más o menos afortunada: era, ni más ni menos, que el equipo de localizaciones llevaba meses dando vueltas por la comarca buscando exactamente eso, un pueblo que ya viniera destruido de fábrica para no tener que tirar abajo nada a la hora de rodar las secuenciasambientadas en la Guerra Civil. Y cuando digo destruido no lo digo en sentido figurado, sino en el más literal de los términos, porque esas casas con los techos vencidos, esos muebles empolvados y esos vehículos convertidos en esqueleto de herrumbre ya estaban ahí mucho antes de que aparecieran las cámaras con sus focos, sus generadores y sus actores caracterizados de soldados.
Les cuento un poco la historia de Castil de Carrias, que es la que vuelve a poner en primer plano esta película de los Javier, porque ayuda a entender el peso de lo que se ve en pantalla. El pueblo tiene documentación escrita que se remonta por lo menos al siglo XII, lo cual ya nos da una idea de la cantidad de capas históricas que lleva encima cada una de sus paredes. A mediados del siglo XIX llegó a tener más de doscientos cuarenta habitantes, que no era poco para un núcleo rural de esa zona, y todavía en 1950 vivían allí 178 personas. Sin embargo, el éxodo rural fue haciendo su trabajo con la paciencia que lo caracteriza, y para 1970 apenas quedaban 59 vecinos en el pueblo. La cosa fue menguando de a poco, como suele ocurrir en estos casos, hasta que en 1994 murió Florentino González Sáez, considerado el último habitante. A partir de ahí, el silencio se adueñó definitivamente del lugar y lo que quedó en pie fue eso que cualquier curioso puede recorrer hoy si se anima: una antigua escuela, una taberna con las botellas todavía visibles en los estantes, utensilios domésticos dispersos por aquí y por allá, algunos vehículos oxidados que ya forman parte del paisaje y la iglesia de Santa María, que todavía conserva evidencias claras de deterioro e incluso de expolio. Es, en definitiva, una postal del abandono que por estas latitudes conocemos bien y que a mí, chaqueña de toda la vida, me remite inevitablemente a esos pueblos del interior argentino que también se fueron vaciando con el correr de los años, como Scalise o como Charadai, vaya a saber uno.
Loranquillo, la otra pieza del rompecabezas
Pocas líneas más allá de Castil de Carrias aparece Loranquillo, que es el otro nombre propio que aparece en esta historia y que también merece su párrafo aparte. Loranquillo es otro núcleo despoblado que durante los años setenta quedó integrado al municipio de Belorado y cuyos últimos habitantes se terminaron marchando en la década de 1990. Entre los dos pueblos, junto con Quintanilla, forma parte de una ruta de senderismo de unos 22 kilómetros que cada tanto se anima a recorrer alguien con ganas de meterse de lleno en el paisaje más de la meseta castellana. La idea de usar ambos pueblos para rodar no fue, según me imagino, solo una cuestión de variedad de planos, sino que resolvía un problema muy concreto que tiene cualquier producción que se propone recrear una guerra: necesitaban edificios parcialmente destruidos para filmar la Guerra Civil sin tener que construir decorados desde cero y, sobre todo, sin tener que tirarlos abajo después del rodaje, algo que en estos tiempos suele generar más de un dolor de cabeza con las productoras y con los vecinos de la zona.
La responsable de dar con estos lugares fue Clara Salvador, que se desempeñó como responsable de localizaciones y que según me contaron recorrió la provincia palmo a palmo hasta dar con las condiciones que necesitaba el guion. El rodaje en Castil de Carrias arrancó el 25 de agosto de 2025 y durante los días que duró la filmación ambos pueblos permanecieron cerrados al público, una medida lógica si se tiene en cuenta que cualquier extra despistado o cualquier visitante con un dron podía terminar arruinando una toma. Lo que los directores buscaban, y acá viene lo que a mí más me conmovió del asunto, no era solamente la imagen de las ruinas en sí, sino esa sensación tan particular que solo transmite una vida interrumpida de golpe, como si alguien hubiera salido un día a hacer un mandado y nunca más hubiera vuelto. Ese detalle, pequeño pero enorme, tiene un peso específico muy grande dentro de la historia que cuenta la película, que gira en torno a la memoria, la violencia y todo aquello que el tiempo se va encargando de borrar sin pedirle permiso a nadie.
Mientras escribo estas líneas no puedo evitar pensar en esas esculturas que pueblan la avenida principal de cualquier ciudad de las nuestras, esas que suelen representar justamente eso, el paso del tiempo, la fugacidad de las cosas y la certeza de que nada permanece. Y me quedo dando vueltas con una frase que me parece haber escuchado a la salida de un cine porteño cualquiera, cuando todavía se comenta una peli con los pochoclos en la papelera: "el decorado más realista sigue siendo la vida cuando se ni, nadie la terminó de recoger".
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