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Sábado, 17 de octubre de 2026
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"El mal hijo": cuando el debut se pierde entre la intimidad y la fórmula

Jaime Lorente se pone detrás de la cámara para contar una historia de abandono y lazos rotos en la Murcia profunda. La primera mitad emociona con hallazgos genuinos; la segunda se enreda en persecuciones, mafias y lugares comunes que ya vimos mil veces.

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Mónica AguirreCultura y espectáculos · · 2 min de lectura
"El mal hijo": cuando el debut se pierde entre la intimidad y la fórmula

Les voy a ser sincera: salí del cine con una sensación rara, de esas que te quedan cuando una película te promete algo y en el camino se desinfla. Alguien me dijo en la cola, mientras esperábamos el siguiente turno para comprar pochoclos, "tiene momentos buenísimos, pero después se va al carajo". Y esa frase, que parece simple, resume bastante bien lo que pasa con El mal hijo, el primer largo que dirige Jaime Lorente.

Una primera parte que respira verdad

El arranque es lo mejor del film. Hay un nene abandonado por su padre que termina criando con la abuela, y Lorente filma esa convivencia con una delicadeza que desarma. Una ceremonia vista por una puerta entreabierta, una charla entre chicos al caer la tarde, un silencio compartido en la cocina: son momentos que no buscan lucirse y, justamente por eso, se quedan pegados. Acá se nota una mirada propia, algo genuino que no se aprende en ningún manual de cine.

El salto temporal que arruina la promesa

  • Rubén crece y la historia se zambulle en narcotráfico, mafiosos y persecuciones.
  • El pulso íntimo del primer tramo se pierde y aparece el manual del thriller.
  • Los personajes secundarios quedan como figurones de género, sin sangre ni espesor.
  • Las escenas dramáticas se acumulan tanto que terminan desgastándose, una tras otra.
  • Lorente muestra criterio en algunos planos, pero la inexperiencia se nota en las secuencias de acción.

El problema, me parece a mí, es que cuando el relato pega el salto a la adultez y se mete en ese universo de drogas y fugas, pierde la calidez que lo hacía interesante. Es como si la película hubiera encontrado una voz propia y después la cambiara por un traje prestado. Lo que antes era observación sensible se vuelve fórmula: persecuciones, tipos con cara de malo, diálogos acartonados. Ya recorrimos ese camino mil veces con más convicción.

No es una película mala. Hay laburo honesto detrás de la cámara, un elenco que responde y escenas que justifican la entrada. Pero entre lo que prometía el arranque y lo que termina entregando queda una distancia considerable. Me queda la sensación de que a Lorente le sobra talento para el drama íntimo y le falta todavía oficio para sostener el suspenso. Una lástima, porque lo bueno que tiene vale mucho más que todo lo que después intenta sumar.

“Tiene momentos buenísimos, pero después se va al carajo.”Espectador en la boletería
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Mónica AguirreCultura y espectáculos

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