El pueblo de Snooks Arm que atrapó a 17 millones de espectadores en cuatro días
La miniserie canadiense con Josh Hartnett y Mackenzie Davis combina misterio en el mar, conflictos familiares y un terror de atmósfera que se sostiene capítulo tras capítulo. Una propuesta distinta para quienes ya se cansaron de los jumpscare de siempre.

Les confieso algo antes de meternos en la historia: la primera vez que escuché hablar de esta serie fue por una señora que conozco de toda la vida, FAN de las pelis de pueblo chico con algo raro pasando, y que no paraba de decirme que tenía que verla. Me lo dijo mientras tomábamos unos cortados en la vereda de siempre, casi a los gritos porque le encanta hablar fuerte, y la verdad es que la recomendación me quedó dando vueltas hasta que me senté a verla entera de un tirón un domingo a la tarde, con la persiana del living del departamento de la calle Boedo entreabierta para que entrara un poco de aire. Y la verdad que la señora tenía razón: Bajo la superficie, la miniserie canadiense de seis episodios que protagonizan Josh Hartnett y Mackenzie Davis, viene pegando fuerte y merece que le dediquemos un rato para conversar sobre ella.
Para empezar, hay un dato que a mí me voló la cabeza y que quiero compartir con ustedes porque marca la magnitud del fenómeno: en apenas cuatro días desde su estreno, la serie acumuló 17 millones de visualizaciones en la plataforma, lo que la convirtió en uno de los debuts canadienses más fuertes de los últimos tiempos. Son seis capítulos de unos 40 minutos cada uno, pensados para maratonear sin que el cuerpo se queje, y la verdad es que se notan las ganas del equipo de contar una historia completa sin estirarla de más, algo que yo al menos agradezco un montón porque ya me ha pasado de empezar propuestas que prometen y terminan inflando con relleno.
Un pueblo de Terranova y un mar que no deja dormir
La acción se sitúa en Snooks Arm, un pueblo costero chiquito de Terranova, esa provincia atlántica de Canadá donde el viento parece cortar la cara y la gente vive del mar desde hace generaciones. Allí vive Calvin Penney, el personaje que interpreta Hartnett, un pescador que en el primer episodio ya carga con la muerte reciente de su padre y con un montón de cuentas pendientes del pasado que ni él mismo sabe bien cómo ordenar. Como si eso fuera poco, empiezan a aparecer señales raras en el agua, comportamientos extraños en los animales del pueblo, y una sensación creciente de que algo se mueve debajo de la superficie que nadie puede explicar. Yo sentí, mientras lo miraba, esa angustia de pueblo chico donde todos se conocen y todos saben todo de todos, ese living de siempre con la foto de la virgen en la pared, y que en algún momento de mi vida vi más de una vez en casas de familia del barrio de mi abuela en Avellaneda.
Del otro lado de la mesa aparece Fonda Howander, la investigadora marina que encarna Mackenzie Davis, y que llega a Snooks Arm con la pretensión de encontrar respuestas racionales a lo que está pasando. Lo lindo del personaje, y ahí está parte del motor narrativo de la serie, es que su mirada científica choca de frente con la experiencia de los pescadores, que saben del mar cosas que ningún paper académico puede explicar. Esa tensión entre lo que se puede medir y lo que se intuye, entre el laboratorio y la lancha, es uno de los ejes más ricos de los seis episodios, y la verdad que a mí me dejó pensando bastante, sobre todo en cómo muchas veces en la vida nos pasa eso de que alguien nos quiere convencer con datos y el cuerpo, el olfato, el pálpito, te dice otra cosa.
Dos terrores en paralelo
Lo que me terminó de conquistar, y se los digo con todas las letras, es la decisión de los guionistas de no apostar al sobresalto fácil, al jumpscare de manual que ya aburre, sino a algo más de viejo cuño: un terror de atmósfera, de esos donde lo que realmente te asusta es lo que no se ve, lo que se intuye del otro lado de la niebla, lo que se mueve apenas en el rabillo del ojo mientras mirás la pantalla. La serie trabaja con dos planos de suspenso que van corriendo en paralelo, como dos vías de un mismo tren, y a mí me parece que ahí está la clave para que la propuesta no se agote: por un lado está la amenaza que viene del océano, esa cosa que se siente viva y que el pueblo entero percibe aunque nadie se anime a ponerle nombre; por el otro, los conflictos personales de Calvin, su relación con su esposa, con su hija, con la memoria de su viejo, con los vecinos, todo eso que va aflorando de a poco y que a veces pesa tanto o más que cualquier monstruo marino.
Otro detalle que me parece destacar, y se los digo porque a mí me pasó mientras miraba, es que el equipo de producción decidió filmar directamente en Terranova, y eso se nota y mucho en cada plano. No es un pueblo genérico armado en un estudio: es la costa real, los muelles de verdad, la niebla entrando desde el Atlántico, los dialectos locales, la ropa de abrigo que parece recién sacada de un ropero de verdad, y eso le da al relato un vínculo concreto con el paisaje y con la cultura pesquera que está describiendo. El aislamiento geográfico de Snooks Arm, esa lejanía que hace que cuando algo pasa no haya a quién llamar, funciona como un personaje más de la historia y determina cómo cada uno de los habitantes enfrenta la crisis: con lo que tienen a mano, con los vínculos de toda la vida como única red de contención, y con esa mezcla tan humana de miedo, desconfianza y solidaridad que a mí, les juro, me recordó más de una reunión de consorcio en la esquina de mi edificio cuando hay que arreglar algo del techo.
Y acá viene el punto que a mí más me interesa remarcar, y que creo que comparten todos los que ya la vimos: el mar aparece a la vez como sustento económico y como territorio que se vuelve impredecible, como esa fuente de trabajo que un día te da de comer y al otro te puede sacar todo, y esa dualidad, la del mar como amigo y como enemigo, atraviesa la serie de punta a punta. Yo, que vengo de una ciudad rodeada de agua aunque casi nunca la miro, terminé la serie con ganas de meterme en un video de YouTube para ver cómo se vive realmente en Snooks Arm, si es que existe, y la verdad que me quedé un rato largo con esa sensación que dejan las buenas historias, esa mezcla de intriga, emoción y unas ganas enormes de recomendársela a alguien, en mi caso a la señora de los cortados que me la había sugerido a mí, para mantener la cadena de favores culturales que tanto nos hace bien.
“La serie es un viaje al corazón de la identidad de una comunidad donde el mar es a la vez hogar y misterio, y donde los secretos más profundos son siempre los humanos.”Crítica de la prensa canadiense
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