Ensalada de huevo cremosa y sin papa: la receta que se banca un sándwich, una tostada o una mesa fría
Con mayonesa, mostaza y un toque de vinagre, esta preparación rescata las yemas para la salsa y deja las claras como base. Se arma en pocos minutos, reposa en la heladera y resuelve desde un almuerzo rápido hasta un picoteo con hojas verdes, aceitunas o pimientos.

Yo venía de cruzar la plaza con la bolsa de los mandados todavía tibia cuando una vecina del barrio me gritó desde la vereda: «Llevo años haciendo la ensalada de huevo así y mis nietos me matan el sándwich antes de sentarnos a la mesa». Me quedé pensando en esa imagen mientras ordenaba la receta, porque tiene algo de cotidiano y de festejo al mismo tiempo: un plato que no necesita horno, que se resuelve con lo que hay en la heladera y que siempre cae bien.
Cómo se organiza la preparación
- Reservar para la salsa las yemas cocidas, mayonesa, vinagre y mostaza.
- En otro bowl reunir las claras picadas, cebolla morada cortada fina y pepinillos en trozos pequeños.
- Incorporar el cebollino fresco junto con la salsa, salpimentar a gusto y mezclar con cuidado.
La guía es clara y conviene respetarla: cada elemento cumple un rol. Las yemas pisadas son las que aportan la untuosidad, mientras que la mostaza y el vinagre cortan la densidad de la mayonesa y le dan un punto ácido que levanta todo el conjunto. Si la mezcla queda demasiado espesa, un chorrito extra de aceite o unas gotas de limón ayudan a aligerarla sin perder sabor.
La cocción de los huevos es el paso donde más se juega la textura final. Diez minutos desde que el agua rompe hervor, pasaje a un bol con agua fría y hielo para cortar la cocción, y después el pelado, que en los huevos bien cocidos sale casi sin sorpresas. Una vez fríos, la separación de claras y yemas se hace en un par de minutos y deja la cocina lista para el armado.
Presentaciones y compañía en la mesa
Lo lindo de esta ensalada es que se luce de varias formas y no necesita grandes acompañamientos. Rinde como relleno de un sándwich de miga o de pan de molde, funciona sobre una tostada con unas hojas verdes, y también puede ir en una fuente rodeada de aceitunas condimentadas o de una ensalada de pimientos asados. Esas guarniciones van aparte, no adentro: la idea es que cada comensal arme su propio bocado.
El reposo en la heladera, esos quince minutos que a veces dan ganas de saltearse, es lo que termina de amalgamar sabores. La cebolla morada se ablanda apenas, el pepinillo cede su acidez y la salsa se integra con las claras hasta dar una mezcla pareja, cremosa pero con tropezones que se sienten en cada cucharada.
Como me dijo una cocinera que atiende un bufete cerca de la estación, mientras secaba una bandeja con un repasador floreado: «Esta ensalada es la prueba de que con pocos ingredientes y un poco de paciencia, se puede armar algo que parece de cafetería». Y tenía razón: en mi casa no duró ni hasta la noche.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo

Snaefell Mountain Railway y el boom turístico victoriano en la Isla de Man

Suspenderán el turismo en el “Caribe brasileño”, una zona paradisíaca en una playa elegida por muchos argentinos

San Lorenzo, a 325 kilómetros de Buenos Aires: la huella sanmartiniana, el Paraná y la cocina de río en Santa Fe
