Fackham Hall: cuando los aristócratas se tropiezan con sus propios modales
La comedia británica que llega con ínfulas de época y termina haciendo papelón de cada ceremonia, entre casamientos frustrados, detectives con bigote y servicio doméstico que sabe más de lo que dice

Lo confieso: llegué a la función con la misma cara de póquer que pondría cualquier señor de guantes blancos al descubrir que alguien se sentó en su sillón reservado. Pero a los cinco minutos ya me estaba riendo con la mandíbula floja, y a los veinte directamente había perdido toda pretensión de compostura. La culpa la tiene Fackham Hall, que aquí se presenta como Un muerto a la hora del té, una comedia británica de 97 minutos dirigida por Jim O'Hanlon y con el humorista Jimmy Carr entre sus guionistas, pensada para reírse, sin mala leche pero sin anestesia, de los dramas de alcurnia que durante años nos hicieron suspirar frente al televisor.
La historia arranca con una boda que se cae a pedazos antes de pronunciar los votos, y a partir de ahí se desata un enredo de compromisos rotos, herencias en peligro y romances cruzados que parece sacado del manual de Downton Abbey, aunque pasado por el filtro del absurdo más británico. Los Davenport, una familia aristocrática con más apellido que dinero fresco, intentarán resolver su futuro a fuerza de acuerdos matrimoniales, mientras la mansión sigue luciendo impecable del mismo modo en que luce el caballo de batalla de la plaza San Martín un domingo a la mañana: reluciente por fuera y a punto de desbarrancarse por dentro.
Amores mal avenidos y escaleras abajo
La que está a punto de casarse con su propio primo Archibald, el personaje de Tom Felton, es Poppy Davenport, interpretada por Emma Laird. Ella ama a otro hombre, de una posición social inferior, y cuando el casamiento se frustra las expectativas de la familia se vuelcan sobre la hermana menor, Rose, a quien da vida Thomasin McKenzie. Rose también tiene un corazón complicado: se enamora de Eric Noone, un carterista encarnado por Ben Radcliffe que llega a la mansión con una carta que nunca entrega y termina contratado como parte del servicio. Su relación introduce uno de los motores cómicos centrales de la película: las barreras sociales que la pareja debe atravesar en una casa donde hasta la disposición de los cubiertos parece una cuestión de Estado.
En medio de tanto idilio con obstáculos, aparece Watt, el detective exageradamente pomposo que interpreta Tom Goodman-Hill, un personaje que lleva al límite los rasgos de Hércules Poirot. La investigación del crimen que da título al filme se mezcla así con los cotilleos de escalera abajo y las reglas no escritas del servicio doméstico, en una coreografía de puertas que se cierran de golpe, bandejas que caen en el momento menos indicado y sobrinos de la nada que aparecen reclamando títulos.
De qué se ríe Fackham Hall
- De los casamientos arreglados entre parientes, présentéselos como la panacea del patrimonio familiar.
- De la solemnidad de las mansiones, con sus vajillas heredadas y sus doncellas que saben más que los señores.
- De los detectives con bigote y manías, estilados hasta la exageración más reconocible.
- De las diferencias entre patrones y empleados, tratadas con humor pero sin perder el pulso humano.
La ambientación conserva la pompa de los dramas históricos, con esos pasillos interminables y jardines que parecen pintados a óleo, pero los chistes alteran la solemnidad a cada paso. La película se permite tanto los juegos de palabras como la comedia física más directa, y en el tramo final se descara con un misterio que termina resolviéndose entre risas y golpes de efecto. Lo mejor es que el tono nunca se vuelve cruel: hay una mirada claramente conciliadora con estos personajes ridículos, casi entrañables en su empeño por sostener un mundo que se les deshace entre las manos.
“Es una comedia, pero también un recordatorio de que las personas, con título o sin él, se enamoran igual de mal.”Mónica Aguirre, Cultura y espectáculos
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