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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Flórez en el Colón: cuando la guitarra se cuela entre las arias

El tenor peruano volvió al Teatro Colón con un programa que mezcló Mozart, Rossini y Donizetti con canciones de Gardel y Chabuca Granda, y contó cómo la música criolla de su casa terminó alimentando también su manera de cantar ópera.

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Mónica AguirreCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Flórez en el Colón: cuando la guitarra se cuela entre las arias

Antes de que subiera al escenario Juan Diego Flórez, una señora de pelo canoso y sonrisa amplia le dijo a su marido, mientras acomodaba los anteojos sobre la falda, «esta vez quiero escucharlo cantar algo en criollo, que el Colón ya me tiene cansada de tanto italiano», y la verdad es que la mujer terminó festejando de pie porque el peruano le hizo caso, aunque fuera en los bises, porque la noche del 22 de septiembre en el Teatro Colón volvió a quedar en manos de la lírica, con Mozart, Rossini, Donizetti y Gounod como columna vertebral de un repertorio que después se abrió, guitarra mediante, hacia Gardel y Chabuca Granda, como un guiño a esa música de raíz que el tenor lleva adentro desde chico y que esta vez decidió compartir con el público porteño.

La canción que se prueba en el camarín

Yo creo que a Flórez le gusta hablar de canciones como quien habla de recuerdos, y por eso me gustó especialmente cuando contó que muchas de las piezas que suma a sus recitales las elige por una melodía, por una letra o simplemente por lo que esa canción le despierta, y que hay noches en las que directamente las prueba en el camarín minutos antes de salir a escena para decidir en el momento qué le va a cantar al público, una confesión que a mí, que suelo pensar que estos tenores viven calculando cada gesto, me los devuelve mucho más humanos y mucho más parecidos a cualquiera de nosotros que tararea una zamba antes de subir al colectivo.

Esa intimidad con la canción popular no nació en los conservatorios europeos sino en su casa, porque el propio Flórez recordó que en su familia se escuchaba música criolla y que después él se fue por el rock y por la trova, y que a los quince años ya tocaba la guitarra y escribía sus propias canciones, mucho antes de imaginarse vestido de príncipe en un coliseo italiano, una etapa de la que dijo conservar intacto el gusto por explorar y por cantar sin formularios, algo que se nota cuando uno lo ve en escena y se permite salir del libreto para hacer un guiño a la canción de raíz.

Lo que la canción le devuelve a la ópera

En la charla posterior al concierto, Flórez insistió en algo que a mí me parece clave y que vale la pena subrayar: que los años de trabajo le permiten encontrar nuevos sentidos en las palabras y en las frases musicales del repertorio lírico, y que toda la preparación vocal que uno acumula termina sirviendo para comunicar lo que vive cada personaje y para acercar al público historias que, aunque hayan sido escritas hace siglos, siguen hablando de sentimientos perfectamente reconocibles, y esa es justamente la idea que uno siente cuando lo escucha en el Colón, esa sensación de que elbel canto no es un museo sino una conversación.

  • Repertorio lírico con obras de Mozart, Rossini, Donizetti y Gounod como eje de la noche.
  • Bises con guitarra y canciones de Carlos Gardel y Chabuca Granda.
  • El cantante contó que elige los temas populares por melodía, letra o recuerdo, y muchas veces los prueba en el camarín.
  • Relató que en su casa se escuchaba música criolla y que a los 15 años ya tocaba la guitarra y componía.
  • Vínculo con Sinfonía por el Perú: sostuvo que el trabajo musical ayuda a niños y jóvenes a desarrollar confianza, escucha y colaboración.

Me quedé pensando en esa idea que dejó sobre la enseñanza, cuando dijo que cuando hace música con los chicos del proyecto busca transmitir herramientas de expresión y de fraseo, y que la enseñanza abre posibilidades que exceden el aprendizaje de un instrumento, porque es la misma lógica que aplica a sus recitales: la técnica está al servicio de contar algo, y cuando uno lo entiende así, la distancia entre una aria de Donizetti y un vals criollo empieza a volverse más chica de lo que parece, casi como si fueran primos lejanos que se reencuentran en un escenario.

Y a la salida, mientras la gente se perdía entre las escalinatas del Colón, una chica joven que llevaba un ramito de flores todavía envuelto en celofán le dijo a su amiga, todavía con los ojos húmedos, «yo no sabía que la ópera podía dar tanta pena y tanta alegría juntas», y me parece que esa frase resume bastante bien lo que dejó la vuelta de Flórez: un artista que necesita los dos mundos para explicarse y un público que, como la señora del principio, agradece que la guitarra se cuele entre las arias.

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Mónica AguirreCultura y espectáculos

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