La batalla de Chile: la cámara como trinchera durante los años que sacudieron a Allende
La trilogía de Patricio Guzmán reconstruye, en tres películas, el camino que llevó del gobierno de Salvador Allende al golpe que instaló a Pinochet. Un recorrido por el Parlamento, las fábricas y la calle, de la mano de un cine que se propuso pensar la historia mientras la historia estaba pasando.

Lo primero que me quiero confesar, antes de meterme con el documental, es algo que me pasó el otro día caminando por la Avenida de Mayo: iba pasando por la esquina, con esa costumbre que tengo de mirar siempre la misma escultura de la avenida como referencia urbana, cuando un señor mayor, jubilado, me preguntó si sabía algo de Chile. No de Chile de hoy, no, sino del Chile de Allende, del Chile de las milicias obreras, del Chile que se rompió en septiembre del 73. Yo le dije que sí, que algo había visto, y entonces aproveché para volver a buscarme la trilogía de Patricio Guzmán, una obra enorme, en tres partes, que reconstruye justamente ese proceso: La batalla de Chile.
Tres películas para entender un mismo temblor
La estructura del documental es la primera pista para entender de qué se trata. Guzmán dividió su trabajo en tres películas que funcionan como capítulos de un mismo relato. La primera se llama La insurrección de la burguesía, la segunda El golpe de estado y la tercera El poder popular. Las tres juntas arman un mapa de los años en que el gobierno de Salvador Allende intentaba llevar adelante su programa y una parte de la sociedad chilena, cada vez más organizada, se oponía a ese rumbo.
Lo que a mí me sigue asombrando, cada vez que vuelvo a mirarla, es que la cámara está ahí mientras los hechos están ocurriendo. No hay reconstrucción, no hay actores, no hay voz en off que venga a explicarnos después lo que pasó. Guzmán y su equipo filman lo que está pasando en el Parlamento y lo que está pasando en las asambleas obreras casi en simultáneo. Y esa decisión, que parece una elección estética, es en realidad una decisión política: mostrar que la historia no es solo lo que se debate en las bancas, sino también lo que se discute en una fábrica, en un local sindical, en una asamblea de mujeres.
Por eso La batalla de Chile no es un documental de archivo más. Es un registro vivo de un país que se estaba partiendo en dos. Y al mismo tiempo, deja al descubierto algo que muchas veces se olvida: que la izquierda de la época no era un bloque monolítico. Había discusiones, había matices, había debates enormes sobre cómo responder a la embestida de quienes querían terminar con el gobierno de Allende. Esas diferencias internas también forman parte de la película, y le dan una honestidad que a mí, como espectadora, me parece muy valiosa.
- La primera parte, La insurrección de la burguesía, muestra los movimientos de los sectores empresariales y políticos que se oponían al gobierno de Allende y la manera en que fueron organizando lo que terminó siendo el golpe.
- La segunda parte, El golpe de estado, registra los días mismos del derrocamiento, con sus imágenes de tanques en las calles y de una violencia que estalla en pocos horas.
- La tercera parte, El poder popular, se interna en los espacios donde los trabajadores discutían qué hacer frente a la crisis: fábricas, poblaciones, asambleas, organizaciones de base.
Hay otro dato que me parece importante y que a veces se pasa por alto: La batalla de Chile no es solo un documental, es también una película que se inscribe en una corriente muy concreta, que es el llamado Tercer Cine. Esa corriente, que tuvo mucho desarrollo en Latinoamérica, pensaba el cine como una herramienta para pensar la realidad, para intervenir en ella, y se alejaba de manera explícita del modelo comercial de Hollywood. En la trilogía de Guzmán, esa idea se nota: el cine aparece como una manera de acompañar un proceso histórico, de darle tiempo, de darle densidad, sin la presión de convertir todo en espectáculo.
“Es cine que se hace con la historia mientras la historia está pasando, no después, cuando ya se sabe cómo terminó.”Lectura de la propia película
A mí lo que más me sigue conmoviendo, y se lo digo honesta-mente, es la combinación de registros. Guzmán mezcla lo que tiene de documental propiamente dicho, con su observación directa, con un trabajo de montaje que va tejiendo las distintas escalas del conflicto, y con momentos que tienen una fuerza casi periodística, porque se nota que el equipo estaba cubriendo los hechos con la urgencia de quien sabe que lo que tiene adelante puede dejar de existir de un día para el otro. La intervención militar que puso fin al gobierno de Allende, y que instaló la dictadura de Pinochet, es la línea de llegada de esa trilogía, y a la vez es el punto donde la película termina de mostrar de qué estaba hecho ese país en esos años.
Me parece que La batalla de Chile sigue siendo una obra de referencia para pensar cualquier proceso político rupturista, no solo el chileno. Porque muestra algo que a veces uno se olvida: que las grandes decisiones de un país no se toman solo en los escritorios oficiales, sino también en los plenarios de los trabajadores, en las calles, en las asambleas, en la vida cotidiana de la gente. Y eso, mirado desde hoy, desde la Argentina de nuestros propios debates, es una lección que Guzmán dejó escrita en imágenes hace ya varias décadas.
Antes de cerrar, quiero contarles una cosa que me pasó y que tiene que ver con el tono de esta nota. Cuando volví de aquella vuelta por la Avenida de Mayo y me senté a revisar material sobre la trilogía, me crucé con un señor que también estaba mirando unos libros sobre historia latinoamericana. Le pregunté, casi sin pensarlo, qué le interesaba a él encontrar en un documental sobre un proceso histórico. Y me dijo, textual, con esa calma de los que ya leyeron mucho: Quiero que me devuelva la duda, no la respuesta. Me quedé pensando un rato en esa frase, y me parece que es exactamente lo que La batalla de Chile sigue haciéndole a quien se acerque a verla con tiempo y con ganas de entender.
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