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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La mano que sostiene: cómo el contacto físico cambia lo que siente el cuerpo

Tomar la mano de un chico asustado, un abrazo largo o un masaje pueden modificar la respuesta del sistema nervioso y bajar la ansiedad. Una especialista en neurociencias afectivas explica qué ocurre en el cerebro, por qué no es lo mismo tocarse uno mismo que ser tocado y cómo la cultura moldea la distancia entre las personas.

TL
Teresa LeivaSociedad y salud · · 3 min de lectura
La mano que sostiene: cómo el contacto físico cambia lo que siente el cuerpo

A veces el cuerpo encuentra alivio antes que las palabras. Cuando Joaquín tenía seis años y se perdía entre los pasillos del colegio, lo único que calmaba el llanto era sentir la mano de su seño apretándole la suya con firmeza. Años después, su madre me contó que nunca supo por qué ese gesto funcionaba tan bien; solo sabía que, mientras duraba, su hijo dejaba de temblar. Esa imagen volvió a mi cabeza mientras leía lo que explica Paula Salamone, doctora en Neurociencias Aferctivas, porque lo que pasaba con Joaquín no era un capricho de chico asustado: era una respuesta del sistema nervioso que la ciencia empezó a desentrañar.

El contacto físico entre personas puede reducir el miedo y la ansiedad, según describió Salamone al repasar líneas de investigación que llevan décadas en la literatura científica. La idea es sencilla de enunciar y compleja de demostrar: cuando alguien toca a otro con intención afectiva, se activan mecanismos fisiológicos que regulan las emociones. La especialista lo puso en palabras claras al referirse a situaciones cotidianas, como la de un chico que toma la mano de un adulto frente a una situación que lo asusta. Ese gesto, lejos de ser trivial, aparece asociado a una disminución del temor.

Qué pasa adentro del cuerpo cuando alguien nos toca

Salamone investiga cómo los estímulos que llegan a la piel se conectan con la actividad del cerebro, con la médula espinal y con respuestas del resto del organismo. En ese intercambio, recibir una caricia o un masaje puede modificar reacciones fisiológicas vinculadas con el estrés y la relajación. La piel, vale recordar, es el órgano más extenso del cuerpo y está atravesada por receptores que envían información constante al sistema nervioso. Cuando el contacto tiene una carga afectiva, esos receptores no solo registran presión o temperatura: transmiten también un contexto emocional.

La especialista marcó, además, una distinción que suele pasar desapercibida: no es lo mismo tocarse uno mismo que ser tocado por otro. Gestos como acariciarse el cabello, frotarse la barba o cruzar los brazos sobre el pecho son formas de autocontacto que las personas usan para regular lo que sienten. Pero el cerebro diferencia entre las acciones que uno ejecuta y los estímulos que llegan desde afuera, por lo cual la respuesta emocional cambia cuando interviene otra persona.

“Las cosquillas sirven para entender esa diferencia: cuando uno intenta provocárselas, anticipa el lugar, el momento y la forma del contacto, y eso atenúa la sorpresa. Cuando las hace otro, queda un componente de incertidumbre, y por eso la intensidad es otra. Además, las cosquillas forman parte del juego y del intercambio social.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas

Cultura, distancia y aprendizaje

La cercanía corporal también depende de las costumbres de cada sociedad. Salamone recordó que, durante su trabajo de investigación en Suecia, conversar con un colega a tres metros de distancia resultaba algo habitual. En la Argentina, esa distancia suele reservarse para desconocidos. La especialista aclaró que esas diferencias no implican que se sientan emociones distintas, sino que se aprendieron otras maneras de expresarlas y de vincularse con el cuerpo del otro.

TL
Teresa LeivaSociedad y salud

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