Saltar al contenido
Viernes, 16 de octubre de 2026
Actualidad y noticias, al instanteBuscar ⌕
Quebracho Noticias

Quebracho Noticias

Portada — Vida —

La oveja que sobra: Laura Ferro convierte el descarte lanero patagónico en una obra de memoria y duelo

La fotógrafa presenta "Lana negra" en Fundación Larivière, una muestra que rescata la fibra que la industria rechaza por considerarla un contaminante comercial y que en su familia se transformaba en sweaters para el campo. La expo recorre diez años de trabajo, álbum familiar, video e instalación.

TL
Teresa LeivaSociedad y salud · · 5 min de lectura
La oveja que sobra: Laura Ferro convierte el descarte lanero patagónico en una obra de memoria y duelo

Manuel -no es su nombre real, pero sirva para entender la historia- fue peón rural durante casi cuarenta años en un establecimiento ovino del sur santacruceño. Cada tanto, al repasar el lote antes de la esquila, los capataces le pedían que separara a las ovejas negras del resto. Una sola fibra oscura mezclada con el vellón blanco del rebaño merino podía arruinar toda la partida en el mercado. Esas ovejas iban a parar a un rincón del campo, y la lana que producían, a una bolsa aparte, sin precio. A veces, esa bolsa terminaba en las manos de tejedoras artesanales que, con paciencia de meses, la hilaban y la tejían en pullovers gruesos pensados para soportar el frío de la Patagonia. Manuel usaba uno de esos sweaters cada mañana de invierno, hasta que se gastó.

Esa escena, multiplicada por miles de explotaciones, es el punto de partida de "Lana negra", la muestra que la fotógrafa Laura Ferro acaba de inaugurar en la Fundación Larivière, en Caboto 564, del barrio porteño de La Boca. La exposición reúne fotografías de los últimos diez años, imágenes del álbum familiar, una proyección audiovisual y una instalación central de lana cruda colgada del techo como una nube oscura. En la Argentina, la producción ovina está concentrada principalmente en la Patagonia, donde la lana Merino constituye uno de los principales productos de exportación del sector lanar, según los registros históricos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). Esa fibra se paga en el mercado mundial por su blancura, su fineza y su uniformidad.

Una herencia familiar de tres generaciones

Ferro cuenta que viene de una familia con al menos tres generaciones dedicadas a la cría de ovejas en la Patagonia. Su padre, dice, juntaba la lana negra que no podía vender y se la entregaba a artesanas de la zona, que con esa materia descarteada armaban sweaters para el trabajo en el campo. Después de la muerte del hombre, la fotógrafa se topó con una de esas prendas. Ese hallazgo, relata, fue lo que encendió una investigación que llevó años y que ahora se despliega en la sala de Larivière.

La curaduría arma un juego visual donde el visitante no siempre distingue qué foto es actual y cuál viene del archivo familiar: hay blanco y negro reciente que dialoga con copias viejas, todas en tonos bajos, terrrosos, casi sin color. Entre las piezas más llamativas se cuenta una imagen de 1924 en la que aparece una oveja negra de raza karakul, pequeña, de perfil, perdida entre un mar de vellones blancos. Es una foto casi centenaria que Ferro rescata para mostrar algo que el mercado, simplemente, borra.

Lo que el mercado descarta, la obra rescata

  • Retratos de ovejas negras apartadas del rebaño merino, tomadas con la misma dignidad que cualquier retrato de campo.
  • Paisajes de la estepa patagónica sin animales, como una geografía en falta.
  • La imagen de los residuos que deja el lavado industrial de la lana merino, un subproducto que también termina como descarte.
  • Fragmentos del padre: sus botas al lado de las patas de una oveja; su pelo canoso confundido con el vellón; sus manos abriendo la lana sin esquilar.
“Son las manos de mi padre abriéndolo, como abre un mundo también.”Laura Ferro

Esa última foto condensa el corazón de la muestra. La figura del padre aparece desmembrada, repartida en detalles que nunca forman un retrato entero, como si Ferro hubiera entendido que a los muertos se los recupera en fragmentos, no en la foto total. La instalación que cuelga del centro de la sala es, en parte, un duelo hecho materia: una nube negra de lana sin tratamiento alguno, colgada en el aire. La fotógrafa contó que la pieza nació al oler unas muestras de lana que su padre guardaba en la mesita de luz, y sentir que en esa materia quedaba algo que tenía que explorar desde otro lado que no fuera la foto. Esa nube, en su negrura sin pulir, contradice la idea de "lana negra" como un solo tono: en la muestra se ve que detrás de ese nombre hay una verdadera escala de marrones, grises y bronces que se confunden con el pelo de las personas, con el suelo, con la ropa de trabajo.

Por eso la exposición funciona también como una pequeña relectura del lenguaje rural. Lo que la industria llama "contaminante" durante décadas fue, para muchas familias patagónicas, un recurso: no servía para exportar, pero servía para abrigarse. Ferro no se propone denunciar a la cadena lanera ni enaltecerla; se limita a sacar a la luz la fibra que el circuito formal descarta y a devolverle una genealogía, una serie de manos que la trabajaron antes que ella y un padre que la guardaba en la mesita de luz.

A dónde ir y en qué horario

"Lana negra", de Laura Ferro, se puede visitar en Fundación Larivière, Caboto 564, barrio de La Boca, Ciudad de Buenos Aires. El horario de la muestra y las tarifas conviene confirmarlos en la web de la fundación o en sus redes antes de ir, ya que pueden variar según la semana. Quienes se acerquen en los próximos meses van a encontrar, además de las fotografías y el video, la gran nube de lana cruda que cuelga en el centro de la sala, y que es, probablemente, la forma más honesta que encontró la fotógrafa de despedirse de su padre sin tener que decirlo con palabras.

TL
Teresa LeivaSociedad y salud

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo