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Viernes, 16 de octubre de 2026
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La presión que no avisa: cómo detectar a tiempo una amenaza silenciosa

Afecta a más de un tercio de los adultos argentinos y suele avanzar sin síntomas. Medirse con regularidad, sostener el tratamiento y adoptar hábitos saludables son las claves para mantenerla bajo control.

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Teresa LeivaSociedad y salud · · 6 min de lectura
La presión que no avisa: cómo detectar a tiempo una amenaza silenciosa

Conocí a Roberto hace algunos años, en un consultorio del barrio de Belgrano, mientras acompañaba a un familiar a un control de rutina. Tenía 52 años, se sentía perfectamente bien y llevaba casi una década sin pisar un consultorio. Aquella tarde, una enfermera le tomó la presión por pedido del médico que atendía a mi acompañante, y el tensiómetro marcó 160 sobre 100. Roberto se miró las manos, incrédulo, y dijo, casi en un susurro: "Pero si yo no tengo nada". Esa escena se repite miles de veces por semana en los centros de salud del país, y resume con precisión el carácter traicionero de la hipertensión arterial: avanza sin dar señales y, cuando el cuerpo empieza a quejarse, el daño ya puede ser considerable.

La magnitud del problema en la Argentina queda plasmada en datos oficiales: el Registro Nacional de Hipertensión Arterial (RENATA) indica que el 36,3 por ciento de los adultos mayores de 18 años convive con presión elevada. Son alrededor de 12 millones de personas, de las cuales casi cuatro de cada diez —cerca del 38 por ciento— aún no recibieron un diagnóstico y, por lo tanto, no saben que están enfermos. Entre quienes sí están bajo tratamiento, apenas el 44 por ciento consigue mantener sus valores dentro de los rangos recomendados. El dato, leído en conjunto, dibuja un escenario preocupante: un enemigo extendido, en buena medida invisible y, aun cuando se lo trata, difícil de domeñar.

Un mal que no se siente pero se sufre

La hipertensión suele ser llamada con razón la enfermedad silenciosa. En sus primeras etapas, puede mantenerse sin dolor de cabeza, sin mareos, sin zumbidos en los oídos, sin nada que lleve a una persona a sospechar que algo anda mal. Esa ausencia de síntomas es, paradójicamente, su rasgo más peligroso, porque invita a confiarse. Sin embargo, con el paso de los meses y los años, la presión elevada va endureciendo las paredes de las arterias, obligando al corazón a trabajar de más y deteriorando órganos vitales como los riñones, el cerebro y la propia retina. Las consecuencias más temidas —el infarto de miocardio y el accidente cerebrovascular— son, a la vez, las más frecuentes: en la Argentina, las enfermedades cardiovasculares explican alrededor de un tercio de las muertes anuales, según las estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación.

La buena noticia es que detectarla es relativamente sencillo. La medición de la presión es un procedimiento rápido, indoloro y al alcance de cualquier persona. No hace falta estar enfermo para hacérselo: justamente al revés, conviene hacerlo cuando una se siente bien, porque la idea es conocer los valores de base y, a partir de ahí, seguir su evolución. Las guías médicas sugieren que los adultos se midan la presión al menos una vez al año, y con mayor frecuencia quienes tengan antecedentes familiares, sobrepeso, diabetes o sean mayores de 40 años. Una cifra normal ronda los 120/80 milímetros de mercurio; a partir de 140/90 se considera hipertensión, y la franja intermedia (entre 130/85 y 139/89) ya merece atención y cambios de hábitos.

  • Reducir el consumo de sal a menos de 5 gramos por día (una cucharadita rasa), prestando atención a los alimentos ultraprocesados, que concentran gran parte del sodio que ingerimos sin notarlo.
  • Sumar al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada, como caminatas rápidas, bicicletadas o natación, repartidos en tres a cinco días.
  • Mantener una alimentación rica en frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y pescado, y baja en grasas saturadas y bebidas azucaradas.
  • Limitar el consumo de alcohol y evitar el tabaco, dos factores que elevan la presión y deterioran las arterias.
  • Aprender a gestionar el estrés crónico, ya sea con técnicas de respiración, yoga, psicoterapia o simplemente reservando tiempos de descanso en la rutina diaria.
  • Tomarse la presión al menos una vez al año y, si los valores están elevados o hay factores de riesgo, con la frecuencia que indique el médico.

Un mapa mundial que interpela a la Argentina

El problema no es exclusivamente local. El segundo informe mundial sobre hipertensión arterial que publicó la Organización Mundial de la Salud en 2025 advierte que 1.400 millones de adultos en el mundo viven con presión elevada, y apenas uno de cada cinco la tiene controlada. La región de las Américas presenta algunas de las tasas más altas de prevalencia, pero también algunos de los mejores registros en materia de detección. La diferencia la marcan, una vez más, los sistemas de salud que sostienen controles periódicos y garantizan el acceso a medicamentos antihipertensivos, muchos de los cuales están disponibles en forma gratuita en los centros de atención primaria y en los hospitales públicos de la Argentina.

Quiero detenerme en este punto porque me parece central: la hipertensión no solo se trata, sino que en una proporción significativa de casos se puede prevenir. Las estimaciones indican que entre el 30 y el 50 por ciento de los nuevos diagnósticos podrían evitarse con medidas relativamente simples —menos sal, más movimiento, mejor alimentación, peso saludable y controles al día—. Y aun cuando ya está instalada, bajar la presión aunque sea unos pocos milímetros de mercurio reduce de manera significativa el riesgo de infarto, ACV y daño renal. Cada dos milímetros de mercurio menos en la presión sistólica, según los estudios, se asocia con una reducción aproximada del 10 por ciento en el riesgo de enfermedad cardiovascular.

A Roberto, finalmente, le diagnosticaron hipertensión y le ajustaron un tratamiento que combina medicación diaria con cambios en la alimentación y caminatas de media hora, cuatro veces por semana. En el control de los tres meses había bajado a 135 sobre 85. No está curado —la hipertensión, por ahora, no se cura—, pero la tiene a raya. Cada mañana se toma la pastilla con el mate y se repite, como un mantra doméstico, lo que le dijo la médica aquella primera tarde: "Lo que no se mide, no se puede cuidar". Una frase que, bien mirada, sirve como resumen de todo lo que necesitamos saber sobre esta condición.

A dónde acudir y en qué horario

En la Ciudad de Buenos Aires, los Centros de Salud y Acción Comunitaria (CeSAC) ofrecen toma de presión y controles cardiovasculares gratuitos de lunes a viernes, en general entre las 8 y las 17, sin turno previo. En la provincia de Buenos Aires, los centros de atención primaria de cada municipio cumplen la misma función y, en muchos casos, extienden su atención hasta las 19. En el resto del país, los hospitales públicos garantizan la medición y el seguimiento. También es posible acercarse a las farmacias adheridas, donde muchos profesionales toman la presión sin costo y pueden orientar sobre los pasos a seguir. Ante valores iguales o superiores a 140/90, o ante la presencia de dolor de pecho, dolor de cabeza intenso, visión borrosa o dificultad para hablar, la recomendación es concurrir sin demora a una guardia médica.

TL
Teresa LeivaSociedad y salud

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