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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Menos plato, más foto: cómo cambió el consumo gastronómico porteño en la última década

Chefs de Buenos Aires describen una transformación concreta: porciones más chicas, alcohol a la baja, platos compartidos y una mesa donde el celular interviene en cada paso. El INV confirma una caída del 32% en el consumo de vino por habitante desde 2015.

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Lisandro BarriosEconomía y campo · · 2 min de lectura
Menos plato, más foto: cómo cambió el consumo gastronómico porteño en la última década

En las cocinas de Buenos Aires se percibe, servicio tras servicio, una transformación sostenida en la forma de salir a comer. El diagnóstico de varios cocineros consultados coincide en lo central: los argentinos comen menos que antes, gastan con mayor cuidado y el teléfono se instaló en la mesa como un comensal más, influyendo desde la elección del lugar hasta la decisión final sobre qué pedir.

Porciones más chicas y alcohol a la baja

La reducción en las cantidades no distingue generaciones. Quienes tienen más de cuarenta años ajustan la dieta por razones de salud, mientras que los comensales jóvenes, aun con capacidad de gasto, muestran mayor conciencia sobre cuánto y qué consumen. Esa lógica se replica en la bebida: según el Instituto Nacional de Vitivinicultura, el consumo de vino por habitante cayó un 32% en la última década, al pasar de casi 24 litros anuales en 2015 a 16,1 litros en 2025.

“La gente toma vino por copa, no pide botella. Eso ya pasó: hoy se prueban etiquetas y se comparte. La botella entera quedó para otra lógica de consumo.”Germán Sitz, cocinero porteño

Compartir para dividir el ticket

El contexto económico sumó otra señal visible: los platos se comparten. Cuando el motivo es ajustar el gasto, los comensales suelen dividir entrada y postre, mientras el plato principal es lo que con mayor frecuencia se omite.

En paralelo, los menús con precio fijo ganaron terreno porque reducen la incertidumbre y facilitan la decisión de entrar. Se reconfiguró además la vara para juzgar el gasto: un ticket elevado puede percibirse como razonable si la experiencia lo justifica, y uno bajo puede sentirse caro cuando no hay valor concreto detrás.

El celular como comensal

El teléfono reorganizó la salida desde antes de llegar al restaurante. Buena parte de los comensales ya sabe qué va a pedir sin abrir el menú porque lo vio en redes sociales, lo que cambió el diseño de varios platos, pensados ahora también para la foto. La estética ganó protagonismo: hay quienes hacen fila por una preparación instagrameable, aunque persiste un grupo de clientes que ignora esa lógica y elige por otro camino.

LB
Lisandro BarriosEconomía y campo

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