Nutrición y salud mental: por qué la psicóloga Kimberley Wilson pide mirar también el plato
La especialista británica sostiene que la fatiga persistente, la apatía y el ánimo bajo merecen una evaluación que contemple la alimentación, el descanso y el movimiento, sin abandonar la psicoterapia ni la medicación cuando son necesarias.

A María le costó años entender por qué arrastraba un cansancio que no se iba con dormir más, una apatía que se le pegaba a las tardes y una niebla mental que le dificultaba terminar las tareas más simples. Pasó por consultorios de distintas especialidades, probó tratamientos y solo encontró cierto alivio cuando un equipo de salud decidió revisar, además de su historia emocional, cómo se alimentaba, cuánto dormía y qué tan activa era. Esa mirada integral es la que la psicóloga británica Kimberley Wilson viene reclamando hace años: una evaluación de la salud mental que no se quede en lo psicológico, sino que también indague sobre posibles carencias nutricionales y de descanso.
La Organización Mundial de la Salud estima que cerca de mil millones de personas viven en el mundo con algún trastorno mental, y que la depresión y la ansiedad encabezan la lista de causas de discapacidad. En ese contexto, Wilson cuestiona que las consultas de salud mental se concentren casi exclusivamente en la palabra y los fármacos, y propone abrir el foco hacia la biología del cerebro, en la que la dieta cumple un papel todavía subestimado.
Una evaluación que mira el cuerpo entero
La planteo de Wilson, que es magíster en psicología clínica y autora de varios libros sobre la materia, apunta a que, ante síntomas como fatiga persistente, irritabilidad, desgano o problemas de concentración, el profesional de salud mental pregunte también qué come el paciente, cómo duerme, cuánto se mueve y si consume sustancias. Esa información, sumada a los antecedentes personales y a las situaciones de estrés, permite armar un mapa más completo de lo que puede estar influyendo en el ánimo.
En esa lógica, una persona con historias de trauma puede necesitar terapia especializada, mientras que alguien con anemia o con una alimentación muy restrictiva podría ver mejorados parte de sus síntomas al corregir una carencia puntual. La psicoterapia y los medicamentos, aclara, siguen formando parte del abordaje cuando son necesarios; la idea no es reemplazar nada, sino ampliar la caja de herramientas.
Los nutrientes que el cerebro necesita
- Vitaminas del grupo B, en especial B3 y B12, vinculadas con el metabolismo energético del sistema nervioso.
- Zinc y selenio, minerales que participan en la regulación del estado de ánimo y la respuesta al estrés.
- Omega-3, presentes sobre todo en los pescados azules, con evidencia creciente sobre su rol en la función cerebral.
Wilson aclara con énfasis que la insuficiencia de cualquiera de estos nutrientes no determina por sí misma la aparición de un trastorno mental, aunque puede agravar síntomas como el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo. Por eso recomienda investigar posibles déficits cuando los malestares se vuelven persistentes. Entre los alimentos clave, la especialista destaca los pescados grasos, como sardina, salmón y caballa, y sugiere incorporar al menos una porción semanal de pescado azul. Para quienes siguen dietas vegetarianas o veganas, plantea conversar con un profesional de salud sobre las alternativas de suplementación, en especial para la B12, que se obtiene casi exclusivamente de productos de origen animal.
La experiencia detrás de la propuesta
El interés de Wilson por esta relación se afianzó durante su trabajo en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres, donde atendió a personas con largos historiales de regulación emocional difícil y, al mismo tiempo, dietas muy pobres. Cuenta que, al revisar la alimentación de muchas de ellas, aparecían carencias marcadas de micronutrientes. La especialista también cita ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles que vincularon la administración de suplementos con una reducción de los episodios violentos, aunque advierte que esa asociación no permite explicar la conducta de una persona solo a partir de lo que come.
La revisión que propone la psicóloga no se agota en la alimentación. Incluye también el sueño, la actividad física, el consumo de sustancias, los conflictos personales y el estrés laboral. Lo que busca, en definitiva, es evitar que se pase por alto un factor tratable. Modificar la dieta, empezar a moverse con regularidad o mejorar la higiene del sueño, eso sí, no es un botón mágico: los efectos suelen tardar meses en percibirse y rara vez sustituyen a un tratamiento cuando este es necesario.
Para quienes sientan que arrastran fatiga, desgano o irritabilidad sin causa clara, la sugerencia de Wilson es conversar con el médico de cabecera o con un profesional de salud mental y pedir que la evaluación incluya un análisis de sangre que revise los niveles de vitaminas y minerales. En la Argentina, los centros de atención primaria de la salud (CAPS) y los hospitales públicos cuentan con equipos de salud mental que atienden de lunes a viernes, en general de 8 a 18, y pueden derivar a un nutricionista si hace falta. También está la línea gratuita 0800-444-4000 del Ministerio de Salud, disponible todos los días durante las 24 horas, para orientación y derivación en temas de salud mental.
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