Por qué algunos despiertan recordando sus sueños y otros no: lo que dice la ciencia
Un estudio publicado en Communications Psychology siguió durante quince días a más de doscientos adultos y encontró que la memoria onírica depende de rasgos personales, de la noche concreta de descanso y de cuánto tardamos en consolidar el recuerdo antes de que el ruido del día lo arrase.

A Graciela siempre le llamó la atención una rareza familiar: su madre podía relatar, café mediante, cada sueño de la madrugada, con personajes, colores y diálogos incluidos, mientras que ella solía abrir los ojos en blanco, sin un solo cuadro al que aferrarse. No era un problema de interés, aclara; al contrario, le hubiera gustado recordar. Le pasó toda la vida preguntándose si le faltaba algo. Hoy, con 54 años, lee estudios como el que acaba de difundirse y encuentra, por fin, una explicación que no la culpa ni la magia: no es un defecto ni un don, es una combinación de rasgos individuales y de lo que pasó en su cuerpo durante la noche.
La investigación, publicada en la revista científica Communications Psychology, siguió durante quince días a 217 adultos saudáveis de entre 18 y 70 años. Cada mañana, los participantes completaron un registro sobre si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo recopiló información demográfica, psicológica y del sueño a través de dispositivos de monitoreo y de pruebas específicas. Los resultados acaban de difundirse y permiten ordenar un fenómeno que hasta ahora se atribuía al azar.
Los factores que inclinan la balanza
- La atención dirigida a los sueños: quienes se interesan activamente por su mundo onírico y lo registran tienden a recordarlo con más frecuencia.
- La divagación mental, es decir, la tendencia de la mente a encadenar pensamientos de forma espontánea, sin un foco concreto, también se asoció a una mayor memoria de los sueños.
- La edad juega su papel: a medida que pasan los años cambia la facilidad para retener el contenido onírico al despertar.
- La vulnerabilidad a la interferencia: si al abrir los ojos entran de golpe la luz, los ruidos o un pensamiento consciente, el recuerdo del sueño puede borrarse antes de consolidarse.
- La estructura del descanso: los episodios de sueño más largos, con menos proporción de sueño profundo (la etapa N3, asociada a la recuperación física y cerebral) y más fases livianas, favorecen que la experiencia quede accesible por la mañana.
El trabajo también separó dos experiencias que suelen mezclarse en la conversación cotidiana. Una es recordar el contenido concreto del sueño: escenas, acciones, emociones. La otra es el llamado «sueño blanco»: despertar con la certeza de que algo ocurrió durante la noche, pero sin poder recuperar ni un detalle. Esa segunda vivencia fue más frecuente en ciertos grupos y sirvió para mostrar que soñar y recordar lo soñado no son sinónimos. Quienes la atraviesan suelen estar despiertos, pero la imagen ya se evaporó.
En criollo: la diferencia entre Graciela y su madre no fue un capricho del cerebro. Probablemente respondió a cómo dormía cada una, a qué edad atravesaba cada etapa y a cuánto tardaba en volver al mundo de los estímulos luego de abrir los ojos. La investigación, además, deja una idea tranquilizadora para quienes viven buscando el sueño perdido cada mañana: la memoria onírica es modificable, en parte, por la propia actitud y por las condiciones del descanso. No se trata de entrenar la mente como si fuera un músculo, sino de entender que el recuerdo del sueño se construye en una ventana muy breve, entre el último parpadeo dentro del sueño y el primer ruido del despertador.
Para quien quiera profundizar o consultar dudas sobre la calidad del sueño, el Hospital de Clínicas de la Ciudad de Buenos Aires atiende en su Servicio de Medicina del Sueño de lunes a viernes, de 8 a 14, en avenida Córdoba 2351. También funciona la línea gratuita del Ministerio de Salud de la Nación, 0800-444-4000, donde orientan sobre centros especializados en todo el país.
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