Sofía tiene 11 años y duerme abrazada a la incertidumbre: lo que nadie ve detrás de la crisis de salud mental infantil
La violencia silenciada, el uso problemático de pantallas y un sistema de atención fragmentado configuran un cuadro que los especialistas describen como inédito: cada vez más chicos llegan a escuelas, consultorios y guardias con síntomas que el Estado no logra contener a tiempo.

Sofía tiene once años, vive en un barrio del conurbano bonaerense y desde hace más de un año se lastima los brazos con la hebilla del guardapolvo. En la escuela lo notaron primero: en voz baja que la nena se dormía en clase, que comía compulsivamente la merienda de sus compañeros, que ya no se juntaba con nadie en el recreo. Cuando su madre finalmente la llevó a un centro de salud, la derivación a salud mental tardó cuatro meses. Para entonces, Sofía ya había intentado cortarse más profundo en dos oportunidades. Es un caso que se repite en las guardias pediátricas y en los gabinetes escolares de todo el país, con nombres distintos pero con una misma arquitectura de silencios.
El dato que mueve la conversación es este: según cifras de UNICEF Argentina, 1 de cada 8 niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años; entre los varones, la proporción es de 1 de cada 11. Buena parte de esas experiencias queda atrapada en el ámbito doméstico, sin denuncia ni escucha, y lo que llega a las consultas muchos años después es un cuerpo que no puede dormir, que dejó de comer o que se lastima sin saber bien por qué. No se trata de un fenómeno nuevo, pero los equipos de salud mental infantojuvenil advierten que el volumen de consultas y la gravedad de los cuadros que llegan hoy no tienen antecedentes recientes.
Violencia, pantallas y aprendizaje: tres llaves que se cruzan
A esa violencia silenciada se suma otra capa. De acuerdo con datos de UNICEF, 1 de cada 4 adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez en plataformas digitales, un dato que el organismo vincula con la exposición temprana a contenidos no aptos, con la sedentarización y con un uso problemático de pantallas que, en muchos casos, oficia de refugio ante soledades que no encuentran otra respuesta. Cuando a eso se le suma el deterioro del aprendizaje, el cuadro se cierra: las pruebas PISA 2025 muestran que casi 8 de cada 10 estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de 6 de cada 10 tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención sostenida, confianza y tolerancia a la frustración, tres recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica de un chico está puesta en sobrevivir al hambre, al miedo o al abandono.
Cuando una familia logra advertir que algo no anda y golpea la puerta de un servicio de salud, el recorrido se vuelve un calvatio burocrático. Los profesionales especializados en psiquiatría y psicología infantojuvenil son escasos, los turnos se otorgan a meses vista y la atención suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma agudo, la justicia la infracción. El chico, en el medio, queda atrapado entre informes e intervenciones que no siempre se hablan entre sí, y el acompañamiento sostenido que hubiera podido evitar una internación o un cuadro grave muchas veces llega cuando ya es tarde.
- Línea 102: atención gratuita y confidencial para chicos y adolescentes, las 24 horas, todos los días del año, en todo el país.
- Centros de salud y hospitales públicos con servicios de salud mental: la consulta inicial está cubierta y no requiere turno previo en la mayoría de los casos; los horarios de atención ambulatoria suelen ser de lunes a viernes de 8 a 17, y las guardias de salud mental funcionan las 24 horas.
- Gabinetes psicopedagógicos escolares: las escuelas públicas cuentan con equipos de orientación escolar; el primer paso es pedir una entrevista con la dirección o el tutor del alumno.
Quien esté leyendo esto y reconozca en su casa, en la casa de un hermano o de un vecino a un chico que no puede dormir, que dejó de comer o se lastima, no tiene que esperar a tener un diagnóstico cerrado para hacer algo. A veces la diferencia entre una señal temprana y una urgencia la marca la velocidad con la que un adulto decide no mirar para otro lado y acompaña hasta que el sistema, con todas sus limitaciones, se haga cargo. Eso, que parece poco, en la vida de chicos como Sofía lo cambia todo.
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