The Good Place: cuatro temporadas para pensar qué significa ser buena persona (y reírse en el intento)
La serie de Michael Schur que llegó a su fin propone algo poco habitual en la comedia: tomarse en serio las preguntas filosóficas sin perder el humor ni el absurdo. Un recorrido por sus personajes, sus dilemas y por qué sigue dando que hablar.

Lo confieso antes de empezar: la primera vez que me crucé con The Good Place fue gracias a una recomendación de una señora que esperaba el colectivo en la parada de la esquina de la avenida, donde siempre está esa escultura que parece un ovni a punto de despegar. 'Mirá, nena, ponete eso que te va a encantar', me dijo, con la autoridad de quien ya lo había visto dos veces. Le hice caso y terminé enganchada de una manera que no esperaba, porque no es una comedia común y corriente.
La premisa: el cielo existe, pero a veces se equivoca
La serie, creada por Michael Schur, tiene una idea central tan sencilla como jugosa: después de morir, Eleanor Shellstrop (Kristen Bell) llega a un lugar precioso, lleno de casas iguales y vecinos amables, y le dicen que está en El Buen Lugar, el paraíso reservado para quienes hicieron las cosas bien en vida. El problema es que Eleanor sabe perfectamente que ella no encaja ahí. Su vida estuvo marcada por el egoísmo, las avivadas y la falta de consideración hacia los demás, y empieza a vivir con el miedo constante de que la descubran y la manden al lugar equivocado.
Para no quedar en evidencia, le pide ayuda a su vecino Chidi (William Jackson Harper), un profesor de filosofía y ética que se pasa la vida preguntándose qué es lo correcto en cada situación. A partir de ahí, la serie se convierte en una excusa deliciosa para mezclar conceptos filosóficos con situaciones de lo más absurdas, con criaturas imposibles, fiestas eternas y chistes que funcionan tanto si uno sabe quién fue Kant como si no.
Un elenco que se luce sin pisarse
El grupo de protagonistas funciona porque cada uno ocupa un lugar distinto y aporta algo propio. Ted Danson interpreta a Michael, el arquitecto de ese vecindario celestial, con una energía entre ingenua y picaresca que le da a la serie mucho de su tono. Jameela Jamil es Tahani, una mujer que aparenta tenerlo todo y haber conocido a todos los famosos importantes, pero que debajo de esa perfección esconde una inseguridad enorme. Manny Jacinto, por su parte, encarna a Jason, un personaje que casi nunca entiende los debates filosóficos y que sin embargo se vuelve querible por esa misma simpleza.
Filosofía con chancletas: lo que se debate debajo de los chistes
A lo largo de las cuatro temporadas y los 53 episodios, la serie se anima a meter en la conversación al utilitarismo, al consecuencialismo, a la ética deontológica de Kant y a debates sobre si importa más la intención del acto o sus consecuencias. Todo eso convive con situaciones delirantes, convecinos que desaparecen de un día para el otro y con giros de trama que nadie ve venir y que cambian las reglas del juego más de una vez.
Pero lo que a mí, personalmente, me terminó conquistando no son los grandes dilemas morales sino el lugar chico que ocupa lo humano. La serie se toma en serio lo que significa compartir el tiempo con alguien, lo que se gana y lo que se pierde cuando alguien se va, y cómo los vínculos pesan más que cualquier respuesta correcta. Hay un trabajo delicado sobre el duelo y sobre la posibilidad, tan discutida, de que una persona pueda cambiar de verdad.
Un final que cierra y una pregunta que queda
The Good Place tiene un desenlace, y eso ya es bastante raro en las series de estos tiempos. Las cuatro temporadas conducen a un cierre del recorrido de Eleanor, Chidi, Tahani, Jason y Michael, y lo hacen sin gambetear las preguntas grandes que plantearon. La conclusión deja lugar para pensar, pero también para emocionarse, que es una de las cosas más difíciles de conseguir cuando se mezcla comedia con filosofía.
Mientras escribo esto, me acuerdo otra vez de la señora del colectivo y de la escultura con forma de ovni de la avenida, que de día parece un adorno viejo y de noche se llena de misterio. Me acuerdo, sobre todo, de lo que me dijo cuando le conté que la había terminado: 'Es para verla dos veces, nena'. Y ahora entiendo por qué. Si te gusta pensar un poco entre risa y risa, esta serie te está esperando.
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