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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Tres clásicos y un dilema: cuando el cine viejo todavía incomoda, asusta y emociona

Filmin repasa obras de Dreyer, Kubrick y Coppola en un catálogo que atraviesa juicios, amenazas nucleares y familias marcadas por la violencia; un recorrido para volver a sentarse frente a la pantalla con tiempo de sobra.

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Mónica AguirreCultura y espectáculos · · 4 min de lectura
Tres clásicos y un dilema: cuando el cine viejo todavía incomoda, asusta y emociona

Me crucé con la recomendación en una fila del colectivo, mientras una señora le decía a otra que estaba buscando algo para ver el fin de semana y no bancaba otra serie nueva. Entonces me acordé de esta selección que reúne La pasión de Juana de Arco, Teléfono rojo y El padrino, tres películas que, vistas hoy, siguen teniendo esa capacidad de dejarte pegado al sillón como cuando uno era chico y el domingo a la noche se convertía en cita obligatoria con la pantalla. La plataforma Filmin las puso juntas, con una cantidad de títulos de distintas décadas que vale la pena recorrer despacio, sin apuro, como si uno volviera al barrio donde se crio para visitar a un viejo amigo.

Las opciones son variadas y mezclan dramas densos con comedias que todavía hacen reír, sátiras políticas, westerns, cine negro y hasta ciencia ficción con raíz en el expresionismo alemán. Entre los realizadores aparecen nombres enormes, de esos que uno repite de memoria cuando alguien pregunta por los maestros del oficio: además de Carl Theodor Dreyer, Stanley Kubrick y Francis Ford Coppola, figuran Buster Keaton y Fritz Lang, y en el terreno del suspenso se asoma Ida Lupino con una película de apenas setenta y un minutos en la que toda la tensión pasa adentro de un auto. Es un mapa para entrar por género, por director o por elenco, según el hambre que tenga cada uno esa noche.

Tres películas para entrar en calor

  • La pasión de Juana de Arco, de Carl Theodor Dreyer, de 1928, mezcla el relato biográfico con el cine de juicios. El reparto incluye a Maria Falconetti, Eugene Silvain, Maurice Schutz, Michel Simon y Antonin Artaud, y la película se sostiene sobre los rostros de sus intérpretes, filmados con una cercanía que pocas veces se vio en la historia del cine.
  • Teléfono rojo, volamos hacia Moscú, de Stanley Kubrick, de 1964, es una sátira que toma el pánico nuclear como motor. La historia plantea que las decisiones humanas pueden llevar a la destrucción y lo cuenta con humor negro, con Peter Sellers, George C. Scott, Sterling Hayden, James Earl Jones y Keenan Wynn en el elenco.
  • El padrino, de Francis Ford Coppola, suma una historia de familia atravesada por la violencia, con Al Pacino, Marlon Brando, Robert Duvall, James Caan y Diane Keaton. La puesta en escena trabaja los contrastes de luz y se anima a reflexionar sobre el sueño americano mientras muestra una representación estilizada, nada inocente, de la mafia.

Me detengo un segundo en esa tercera opción porque uno, cuando piensa en El padrino, suele acordarse de las cenas familiares, de las propuestas que no se pueden rechazar y de esa música que suena apenas aparece la pantalla inicial, pero vale la pena volver a verla para reparar en el trabajo de luz de Gordon Willis y en cómo Coppola va armando una tragedia griega en clave de quinqui italoamericano. Brando está enorme, sí, pero también lo están Duvall y Caan, y hasta la Keaton aporta una mirada exterior que le sirve a la película para discutir el lugar de los norteamericanos blancos y rubios en ese mundo oscuro.

Del otro lado, el filme de Dreyer resulta casi una experiencia física: es de esos títulos que conviene ver cuando uno está con la cabeza despejada y unas horas por delante, porque cada plano exige una atención que las películas actuales ya no piden. Y la sátira de Kubrick, en cambio, sigue funcionando como una advertencia: uno la mira pensando en los tiempos que corren y se da cuenta de que el humor del director inglés era una manera de decirnos algo muy serio sin que nos espantemos. Las tres conviven en la plataforma junto con las comedias de Keaton, la ciencia ficción de Fritz Lang y el suspenso comprimido de Lupino, así que la elección depende más del estado de ánimo que de otra cosa.

A la salida del cineclub del barrio, una chica que se acomodaba el pañuelo me dijo, mientras esperaba el bondi en la parada de la escultura de la avenida, que iba a empezar por la de Dreyer porque le daba culpa no haberla visto completa nunca, y que después iba a ir por El padrino para ver si le seguía gustando igual que cuando tenía quince años. Yo, si me dejan aconsejar, voy a hacer lo mismo: una obra que pide silencio, otra que pide pochoclo y, en el medio, una buena taza de café. Porque de eso se trata, al final, cuando uno vuelve a los clásicos: de permitirse otra vez ese rato largo frente a la pantalla, sin celular al lado, como cuando íbamos al cine con la familia y nos olvidábamos de la hora de la cena.

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Mónica AguirreCultura y espectáculos

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