Helmut Ditsch pintó glaciares toda su vida, y ahora se filmó a sí mismo buscando dónde dejar las cenizas de su esposa
El artista argentino más caro de la historia desembarca en Mar del Plata con su ópera prima, una película de ocho años, cinco países y seis millones de euros que financió vendiendo sus propios óleos. Habla de la pérdida y de volver a pintar después de la tragedia.

Lo conocí a través de una señora que me esperaba en la fila de la sala Astor, en la rambla marplatense, y que sostenía un programa del festival con las manos como si fuera un diploma. Me dijo, casi en un susurro: 'Yo vine por Helmut Ditsch. No me pierdo esto ni muerta'. Yo también había ido por él, claro, porque la noticia viene de lejos: el pintor argentino más cotizado de la historia, el de los glaciares que se venden a precios imposibles en las subastas europeas, se sentó por primera vez en una silla de director y eligió la pantalla grande para hablar de lo que no había podido pintar.
Una búsqueda que arrancó en 2009 y terminó en una película
La película se llama "Helmut. El hielo y la eternidad transitoria" y se estrena en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata el 6 y 7 de noviembre, en lo que será la proyección mundial de la 41.ª edición del certamen. Ditsch no se animó a llamarla documental, ni ficción a secas. Es, más bien, el registro de una búsqueda que empezó cuando perdió a su esposa, Marion, alrededor de 2009, y que durante casi una década lo llevó por los Alpes, los Andes, Malta, Cerdeña, Viena, Tenerife y el salar de Uyuni. En total, unos once mil kilómetros, como quien dice una Mudéjar atravesando dos continentes para encontrar un rincón donde soltar las cenizas que ella le había pedido que dejara en algún lugar significativo.
Pero el viaje era apenas el motor, porque Ditsch necesitaba algo más que una coordenada en un mapa. Cuando creyó haber encontrado el sitio, volvió a dudar. Me lo cuenta él mismo, ya entrado en confianza, mientras caminamos por la explanada de la escultura "Hombre de Mar" mirando al mar: 'Ese lugar tenía que ser una obra de arte, no solo un punto en la montaña'. Y ahí, justamente ahí, empezó a pensar en una película.
Seis millones de euros, salidos de la venta de sus propios cuadros
El rodaje se extendió durante ocho años y el presupuesto terminó casi duplicando la cifra inicial. Arrancó en tres millones de euros y cerró cerca de seis, todos financiados con la venta de obras suyas, sin sponsors, sin créditos bancarios, sin coproducciones internacionales. Ditsch fue a la vez director, guionista, productor y protagonista, y se sentó en la mesa a comer con su propio bolsillo. La primera obra de gran formato que pintó después de 2009 fue hecha especialmente para el filme, y el proceso entero quedó filmado: el lienzo en blanco, los carboncillos, los azules de los glaciares, el último trazo.
- Reparto: Jeanne Goursaud, elegida por sus rasgos para encarnar a las dos mujeres que Ditsch perdió por cáncer de mama (su madre Inge y su esposa Marion), y Joaquín Berthold como el alter ego joven del protagonista.
- Codirección: quedó en manos de la pintora Suzy Prauss, a pedido del propio Ditsch, porque entendía que una historia centrada en dos mujeres necesitaba una mirada femenina en la dirección.
- Locaciones: Malta, Cerdeña, Viena, los Alpes, Tenerife y el salar de Uyuni, en un periplo de casi 11 mil kilómetros.
- Inversión: cerca de seis millones de euros, íntegramente cubiertos con la venta de óleos del propio artista.
- Estreno mundial: 6 y 7 de noviembre en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, en la 41.ª edición del único festival de categoría A de Latinoamérica.
El duelo doble que lo empujó a cambiar de oficio
La película no habla solamente de paisajes. Habla, sobre todo, de la ausencia. La madre de Ditsch, Inge, murió cuando él era chico, a los 33 años. La esposa, Marion, falleció también joven, alrededor de los 35. Las dos, por cáncer de mama, esa enfermedad que tantas veces se lleva a las mujeres que uno ama antes de tiempo. Yo le pregunté cómo se había decidido a poner eso en una película, siendo él alguien que durante décadas había pintado glaciares y cordilleras, cosas que parecen no tener nada que ver con el dolor de una casa, y me respondió con una frase que se me quedó grabada: 'Si no la hacía yo, iba a salir otra cosa, y yo necesitaba contar lo que había vivido'.
Hasta último momento, Ditsch había pensado en otro actor para el papel protagónico. Un colega de la industria le hizo notar que nadie iba a entender la película si la interpretaba un intérprete, porque la carga de lo que había vivido la llevaba él encima, en el cuerpo, en la mirada, en el silencio con el que se quedaba cada vez que hablaba de Marion. Y entonces se sentó él mismo frente a la cámara, en una decisión que para mí explica mucho de por qué la película se siente tan íntima: no hay acting que imite la ausencia cuando uno la lleva adentro hace años.
De la venda de cuadros al óleo más caro
Para quien no lo tenga presente, vale recordar quién es Helmut Ditsch hoy: un artista nacido en Argentina, formado en Europa, célebre por sus óleos monumentales de glaciares y cordilleras, dueño de un récord de ventas en subastas europeas que muy pocos pintores argentinos pueden siquiera soñar. Con esa facturación, financiar una ópera prima de seis millones de euros a fuerza de cuadros vendidos no parece un disparate, pero igual hay que decirlo: nunca, en la historia del arte argentino, un pintor había puesto su propio mercado al servicio de un proyecto cinematográfico personal.
Yo lo vi llegar a Mar del Plata con la calma del que viene a mostrar algo que ya sabe que le costó. Mientras le sacaban una foto al lado de "La novia del mar", esa escultura de la rambla que parece mirar al océano con la cabeza baja, un señor canoso le dijo al pasar: 'Yo tengo un óleo suyo en el living hace treinta años, me cambió la vida'. Helmut lo abrazó, corto, y le respondió algo que no alcancé a escuchar. Pero la cara del señor lo dijo todo.
“'Ese lugar tenía que ser una obra de arte, no solo un punto en la montaña.'”Helmut Ditsch
A la salida, ya pasada la medianoche, una espectadora que no paraba de secarse los ojos le dijo a su marido, mientras se acercaban al auto, una frase que me parece que resume todo: 'Ahora entiendo por qué pinta glaciares: son lo único que se queda quieto mientras todo lo demás se derrite'. La película llega a Mar del Plata este 6 y 7 de noviembre, y créanme, no es un estreno más del año.
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