Islas Caimán: el Caribe donde las mantarrayas se dejan tocar y el tiempo pasa distinto
Gran Cayman, Little Cayman y Cayman Brac forman un archipiélago británico en medio del Caribe, con playas de arena fina, arrecifes para todos los niveles de buceo y una colonia de mantarrayas que hace más de cuarenta años elige el mismo banco de arena para recibir a los visitantes. Un recorrido por sus tres islas, su capital financiera y su gastronomía criolla.

El viaje a las Islas Caimán empieza, como corresponde a cualquier destino del Caribe, con la primera impresión del agua: ese tono turquesa que aparece apenas el avión pierde altura y que va virando hacia un azul cada vez más profundo a medida que la costa queda atrás y el horizonte se abre. Las tres islas que componen este territorio británico de ultramar —Gran Cayman, Little Cayman y Cayman Brac— están rodeadas por un mar que cambia de color según la profundidad, y esa paleta de azules y verdes es, probablemente, la carta de presentación más contundente que tienen. Hoy viven allí poco más de sesenta mil personas llegadas de más de cien países, una diversidad que se nota en la cocina, en los acentos de la calle y hasta en la fisonomía de los barrios.
Gran Cayman es la isla grande, la capitalina, la que concentra el movimiento. Ahí está George Town, una ciudad que es muchas cosas al mismo tiempo: puerto de cruceros, centro comercial, sede del Museo Nacional y, sobre todo, uno de los polos financieros más importantes del Caribe, con más de seiscientas firmas bancarias registradas. Caminar por su frente costero un día de semana es ver cómo un señor con traje sale de un edificio de vidrio y, veinte metros más allá, un pescador vende el pez del día en la punta del muelle. Esa convivencia no es una postal: es el día a día del lugar.
Siete Millas y los otros arenales
La playa más famosa del archipiélago es, justamente, la de Siete Millas, en Gran Cayman: una franja larguísima de arena fina y agua tibia que se mantiene a temperatura agradable durante buena parte del año. El snorkel y el paddleboarding son las actividades preferidas de quienes prefieren quedarse en la superficie, mirando hacia abajo. Para los que quieren bajar, las opciones cambian según la isla: en Gran Cayman abundan los arrecifes poco profundos y los naufragios históricos; en Little Cayman, los túneles y las grietas que conducen al arrecife de Bloody Bay; en Cayman Brac, un buque de guerra hundido al que se suman bancos de peces que convierten la inmersión en algo cercano a meterse dentro de un acuario.
Stingray City: las mantarrayas que tienen nombre
Hay un punto, a pocos kilómetros de la costa de Gran Cayman, donde el fondo marino está cubierto por un banco de arena y donde, desde hace más de cuatro décadas, vive una colonia de mantarrayas. La costumbre empezó cuando los barcos pesqueros de la zona pasaban por ahí y descartaban los restos de sus capturas: los animales aprendieron a acercarse, a esperar, y nunca se fueron. Con el tiempo, la pesca fue cediendo lugar al turismo, y hoy los tours llevan a los visitantes hasta el lugar con el agua por la cintura. Las mantarrayas, que miden entre dos y cinco metros, se acercan, rozan las piernas, se dejan observar a centímetros. Los guías las conocen a todas y las llaman por nombre. Es, probablemente, el encuentro con fauna marina más íntimo que ofrece el Caribe.
De Las Tortugas a los Caimanes
El nombre actual del archipiélago es, en sí mismo, una pequeña historia. Los primeros exploradores europeos que pasaron por la zona, alrededor de 1503, bautizaron al lugar como Las Tortugas, por la cantidad de estos animales que encontraron en las costas. Hacia 1530, el nombre derivó hacia los caimanes que habitaban las aguas, y así se quedó: Islas Caimanes, Caimán, Cayman. El Museo Nacional de George Town, una construcción pequeña frente al mar, repasa esa historia y muchas otras en un recorrido que se hace sin prisa.
La gastronomía del archipiélago es un espejo de su población. En los menús conviven arroces, guisos, pescados fritos y platos picantes, herencia de las cocinas caribeña, africana, británica y latinoamericana. Los domingos, después de la misa en las pequeñas iglesias de las islas, es habitual que las familias se junten a un brunch extendido que puede durar varias horas y donde no falta el pan recién hecho, el pescado salado y el café fuerte.
Las calles de las tres islas tienen un detalle que llama la atención apenas uno empieza a caminar: las gallinas caminan sueltas por las veredas y las plazas, cruzando entre los autos sin apurarse, como si supieran que ahí nadie las va a molestar. Es una imagen pequeña pero define algo del ritmo del lugar: en las Islas Caimán, el tiempo se mide de otra manera, y quien llega termina aceptando esa lógica a los pocos días.
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