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Viernes, 16 de octubre de 2026
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Lo que aprendimos de chicos vuelve cuando criamos: cómo distinguir la repetición del legado que sí queremos dejar

El psicólogo Maxi McCoubrey explica por qué tendemos a reproducir, aunque sea en silencio, las formas en que nos criaron y qué señales permiten identificar cuándo la propia historia se está metiendo en la manera de acompañar a un hijo.

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Teresa LeivaSociedad y salud · · 4 min de lectura
Lo que aprendimos de chicos vuelve cuando criamos: cómo distinguir la repetición del legado que sí queremos dejar

A Cecilia le costó años entender por qué su hijo de cuatro lloraba cada mañana en la puerta del jardín. Lo abrazaba, lo calmaba, lo dejaba en la puerta igual. Un día, hablando con una amiga, recordó que a ella la dejaban en la escuela sin despedidas, que su madre se iba rápido para no llegar tarde al trabajo y que durante mucho tiempo sintió que molestaba con su angustia. Ahí entendió que su propia historia estaba adentro de cada despedida con su hijo: le transmitía la prisa y el amor seco que había recibido, sin proponérselo. La escena cotidiana fue el espejo de algo que venía de mucho antes.

Según la última Encuesta Nacional de Niñas, Niños y Adolescentes que crecen en contextos de violencia familiar, difundida por la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia, más de uno de cada diez hogares argentinos convive con situaciones que los más chicos registran, aunque los adultos crean que no pasa nada. Esa cifra sirve para dimensionar de qué hablamos cuando decimos que las marcas de la infancia no quedan en el pasado: muchas veces reaparecen, transformadas, en la manera en que criamos.

Patrones que se heredan sin saberlo

Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos, señala el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey. Esa historia aparece en la forma de hablar, de poner límites, de reaccionar ante un conflicto y también en las ideas que circulan en casa sobre el éxito, el dinero y el afecto. El problema, aclara el especialista, no está en repetir, sino en repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida.

Las marcas más difíciles de cambiar no siempre son las más visibles. Muchas están tan incorporadas que no se cuestionan durante años. McCoubrey menciona entre las más frecuentes a las pérdidas silenciadas, las violencias naturalizadas, las vergüenzas heredadas y los mandatos que pasan de una generación a otra. El denominador común suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta, piense o necesite algo diferente. Esa rigidez, advierte, es la que termina enfermando el vínculo mucho antes que los gritos.

“Criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres.”Maxi McCoubrey, psicólogo especialista en trauma

Las señales para darse cuenta a tiempo

  • Una reacción desmedida frente a una situación cotidiana: una bronca que desborda, una preocupación extrema, la necesidad de tener todo bajo control.
  • Confundir el propio dolor con el del hijo: sentir que lo que le pasa al niño habla de uno y no escucharlo por lo que realmente está sintiendo.
  • Cuidar para ser querido: explicar los límites desde el miedo a ser abandonado o a defraudar, más que desde el cuidado concreto del otro.
  • Justificar todo con lo que nos pasó: usar la propia historia como excusa para no revisar reacciones que lastiman.
  • Repetir escenas de la infancia casi en cámara lenta, sin reconocer que se está repitiendo el guion de los propios padres.

Querer hacer todo lo contrario a lo que vivieron los propios padres tampoco garantiza un resultado distinto. Quien creció con una crianza rígida puede terminar creyendo, por ejemplo, que toda frustración es traumática. La clave no está en encontrar un punto medio matemático sino en mirar al hijo concreto que se tiene enfrente. Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla, y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver.

Cambiar esos patrones no implica no volver a equivocarse. A veces el primer cambio no es no gritar nunca, sino poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto, ejemplifica McCoubrey. Esa posibilidad de reparar en el momento y no semanas después es, para el especialista, una de las diferencias centrales entre un vínculo que repite el daño y uno que empieza a cortarlo.

A dónde acudir y en qué horario

Para familias que quieran conversar sobre estas situaciones, el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez atiende en su Servicio de Salud Mental Infantil, en Gallo 1330, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, de lunes a viernes de 8 a 14 horas, con turno previo por la central del hospital. La línea gratuita 102, coordinada por la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia, funciona las 24 horas y orienta sobre recursos públicos en todo el país. También se puede concurrir al centro de salud u hospital público más cercano, donde los equipos de pediatría y trabajo social pueden derivar a profesionales de salud mental comunitaria.

TL
Teresa LeivaSociedad y salud

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