Sergio se queda: el espejo cubano que Tomás Gutiérrez Alea dejó en pantalla hace casi seis décadas
Vuelvo a una de las películas más lúcidas del cine latinoamericano, esa en la que un escritor habanero opta por quedarse mientras su familia se sube al avión a Miami, y la Revolución le pasa por delante como un noticiero que no necesita guión.

Me acuerdo de la primera vez que la vi, en una función de madrugada, y de la señora de la butaca de al lado que me dijo, antes de que empezara, que ella tampoco se había ido cuando le tocaba. A esa mujer le creí más que a cualquier crítico, porque la película de Tomás Gutiérrez Alea arranca exactamente ahí, en una decisión íntima que parece un capricho y termina siendo el mapa entero de un país. El protagonista es Sergio, un escritor acostumbrado a la vida cómoda de la Habana anterior a la Revolución, que mira cómo su familia parte hacia Miami y decide, sin demasiadas explicaciones, quedarse. Esa permanencia sin convicción política clara, más cercana al hastío que al compromiso, es la puerta de entrada a un relato que no tiene apuro en justificarse.
Yo lo veo como un personaje que se mira en el espejo mientras la Historia se cambia de ropa al lado. Sergio atraviesa las transformaciones de la Revolución Cubana con la distancia del que observa antes que con la certeza del que entiende, y al mismo tiempo teje vínculos sentimentales donde intenta moldear a sus parejas a su propia imagen: quiere adaptar sus gustos, su formación, hasta su manera de vestirse, como si pudiera reescribir en ellas lo que no puede escribir afuera.
Recuerdos, noticieros y una Crisis de los Misiles que entra por la ventana
Lo que vuelve interesante al film es que no te cuenta esa historia en línea recta. Alea, que también firma el guion, recurre a saltos al pasado y le suma imágenes de archivo, de noticieros, que registran hechos reales entre los que se cuela nada menos que la Crisis de los Misiles de 1962. Así, mientras Sergio reflexiona sobre lo que ve por la ventana, el mundo le responde con bombardeos de imágenes que no son suyas. Esa decisión narrativa es la que le da a la película su respiración de documental y la que te lleva, sin que lo notes, del living del escritor a la plaza pública.
Ahí se nota la pertenencia de la obra al llamado Tercer Cine, esa corriente con fuerte presencia en América Latina que a fines de los años sesenta y principios de los setenta buscó otros modos de producir y narrar frente al modelo comercial de Hollywood y frente al cine de autor europeo. La corriente juntó búsquedas estéticas con un interés muy concreto por los conflictos sociales y políticos de cada país, y se apoyó, entre otras cosas, en la posibilidad de acceder a cámaras y celuloide más baratos, que les dieron a los realizadores una libertad económica y creativa difícil de imaginar en otras latitudes.
- ……un drama personal sostenido por un escritor que decide quedarse sin saber bien por qué.
- ……un tejido de recuerdos y flashbacks que rompen la linealidad del relato.
- ……imágenes de archivo y noticieros que muestran la Crisis de los Misiles y otros hechos reales.
- ……un retrato de las diferencias de clase dentro de la Cuba revolucionaria, tanto en lo público como en lo íntimo.
- ……una inscripción clara en el Tercer Cine latinoamericano y en el destacado papel del cine cubano dentro de ese movimiento.
Y acá viene la pregunta que me dejó dando vueltas cuando salí del cine, esa que te lleva a pensar en otras ficciones: ¿qué le aporta a una película de ficción la incorporación de imágenes de hechos reales? A mí, que soy de las que prefiere que le cuenten las cosas con cuerpo y sin solemnidad, esa mezcla me devuelve la sensación de que la vida no se ordena sola, y de que un personaje como Sergio necesita los noticieros tanto como necesita sus propios recuerdos para terminar de entenderse.
Si tienen que buscar una referencia para llegar al cine, les digo que me acerco siempre a la escultura de la avenida y miro para arriba, como si el cielo de La Habana pudiera explicarme algo. A la salida, mientras esperaba el colectivo, escuché a alguien decir, casi sin darse cuenta: uno se queda porque no se le ocurre dónde. Lo escribo tal cual lo oí, porque me parece la mejor definición posible de Sergio, y quizás de cualquiera que haya mirado un avión despegar y haya preferido seguir barriendo la vereda.
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