Suplementos de longevidad: la diferencia entre lo que se mide en un tubo de ensayo y lo que vive el cuerpo
El negocio crece alrededor del NAD+, la vitamina D, el omega-3 y el selenio, pero los grandes ensayos clínicos en miles de personas muestran resultados magros cuando no existen carencias previas. La evidencia sólida sigue pasando por otro lado: moverse, comer bien, dormir y sostener vínculos.

A los 58 años, Marta empezó a notar que le dolían las articulaciones, que le costaba dormir del tirón y que la energía ya no le duraba como antes. No fue al médico: directamente se compró un frasco de NMN que vio en una red social, otro de resveratrol y un tercer pack de omega-3 que recomendaba un conocido. A los tres meses gastaba unos 80 mil pesos por mes y seguía igual. Su caso no es aislado: el mercado de suplementos que prometen más años de vida se multiplicó en la Argentina y en el mundo, apalancado en ciencia básica que, por ahora, no se tradujo en beneficios clínicos demostrados en personas sanas.
La novedad más ruidosa gira en torno al NAD+, una coenzima presente en todas las células, indispensable para producir energía y reparar el ADN. Sus niveles bajan con el paso de los años y, en cultivos celulares y en modelos animales, elevar su disponibilidad mejoró indicadores metabólicos. A partir de ese punto se armó un negocio global con precursores como el NMN y la nicotinamida ribósido, que se venden como una inversión en longevidad. El salto entre el laboratorio y la pastilla es, justamente, donde el marketing se adelanta a la ciencia.
Qué dicen los ensayos grandes en humanos
Los estudios en personas confirman que estos precursores elevan el NAD+ medido en sangre. Lo que todavía no pudieron demostrar es que ese aumento se traduzca en menos enfermedades, mejor función orgánica o más años de vida. Que suba un valor en un análisis de laboratorio no equivale a vivir más: es la distancia entre un marcador biológico y un beneficio clínico real.
La misma lógica se repite con vitaminas y minerales clásicos. El estudio SELECT, con más de 35.000 participantes, mostró que el selenio no previno el cáncer de próstata; además, quienes recibieron vitamina E presentaron mayor riesgo de desarrollarlo durante el seguimiento. El ensayo VITAL, con cerca de 25.000 personas, no encontró que la vitamina D ni el omega-3 redujeran el cáncer o los eventos cardiovasculares en personas sin déficit previo. Son dos de los trabajos más grandes y mejor diseñados que existen sobre el tema, y ambos enfriaron las expectativas.
“Casi toda la oferta comercial se apoya en lo que pasa dentro de una célula y en animales, y se presenta como si ya hubiera pasado el escalón de los ensayos clínicos en miles de personas. Un hallazgo real pero acotado termina convertido en una promesa que nadie demostró.”Lectura de la evidencia disponible
Cuándo sí sirven los suplementos
Estos nutrientes no son inútiles: cuando existe una carencia concreta, corregirla cambia la calidad de vida. Las deficiencias de vitamina B12 y de vitamina D son frecuentes en personas mayores, y tratarlas tiene impacto clínico real. La diferencia está en medir primero, confirmar el déficit con un análisis y, recién entonces, suplementar bajo indicación médica. Tomar a ciegas, en cambio, no aporta beneficios y, en algunos casos, puede exponer a riesgos que ya se observaron en los grandes estudios.
A dónde acudir y en qué horario
Antes de comprar cualquier suplemento, lo razonable es una consulta clínica con un médico o una médica de cabecera, en centros de salud públicos, hospitales o consultorios privados. En la ciudad de Buenos Aires, los hospitales públicos como el Argerich, el Durand y el Pirovano atienden de lunes a viernes, en general entre las 8 y las 14, y muchos centros de atención primaria de la ciudad (CeSACs) funcionan también por la tarde, de 14 a 17. En el resto del país, los centros de salud barriales y los hospitales provinciales reciben sin turno previo en horarios matutinos. Llevar análisis de sangre recientes, sobre todo si se sospecha déficit de vitamina D o B12, ayuda a que la indicación sea precisa y evita gastos innecesarios en productos que, por ahora, prometen más de lo que la ciencia puede garantizar.
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