Tres meses antes del baldío: la segunda temporada de The Gentlemen llega con un Eddie que ya no se reconoce en el espejo
La serie de Guy Ritchie vuelve con Theo James al frente de un aristócrata que dejó los buenos modales en la entrada del campo embarrado y ahora sueña con un imperio que se extiende más allá de las islas británicas, mientras lidia con un patriarca en modo espiritual y mafiosos italianos de los que conviene no fiarse.

A la salida del centro de la avenida donde se proyecta la serie, una espectadora me lo dijo sin rodeos, mientras buscaba las llaves en la cartera: «Ya no es el mismo gentleman». Y esa, justamente, es la idea central con la que Guy Ritchie reabre la historia de Eddie Horniman, el Duque de Halstead al que conocimos casi por accidente en el negocio del cannabis y al que ahora vemos convertido en otra cosa, bastante más oscura y bastante más ambiciosa.
Un aristócrata que ya no pide permiso
Me animo a confesar que cuando arrancó la primera temporada miraba a Eddie con esa mezcla de ternura y desconfianza que se le tiene a un primo al que le toca administrar la estancia y no sabe ni ensillar un caballo: buen tipo, mala pinta para el barro. La segunda entrega lo encuentra tres meses antes del momento que se ve en el primer minuto del primer episodio: malherido, arrastrándose por un campo embarrado, con la ropa hecha jirones y el cuerpo como mapa de todo lo que decidió en silencio.
El salto temporal es la jugada más interesante que se permiten los guionistas, porque permite mostrar el recorrido y no solo el resultado. Eddie ya está casado con Susie Glass, la hija del patriarca Bobby, y ya no es el invitado incómodo en una operación que no entendía del todo: ahora quiere estirar el negocio, recuperar tierras alrededor de la finca familiar y llevar el cannabis más allá del Reino Unido, moviéndose con la misma naturalidad entre un set de -perdón, entre un set de política y un acuerdo con capos extranjeros que entre una copa de oporto y una cacería de zorros.
Viejos conocidos y caras nuevas
- Theo James vuelve como Eddie Horniman, ahora con menos escrúpulos y más sangre fría, en una actuación que se nota cómoda en la ambigüedad.
- Kaya Scodelario continúa como Susie Glass, cada vez más atenta a los números y menos a los modales.
- Sergio Castellitto se suma como el mafioso italiano Marco Moretti, con la solemnidad de un cura y la paciencia de un tiburón.
- Michele Morrone interpreta a Cico Maldini, la mano derecha de Moretti, y se roba escenas con una presencia física que no necesita gritar para imponer.
Bobby, los hongos alucinógenos y la dificultad de heredar
Lo que más me conmovió de esta segunda vuelta es la relación con Bobby Glass, interpretado por Ray Winstone con la gordura sabia de un rey que abdicó hace rato. Bobby está en su etapa espiritual, más interesado en cultivar hongos alucinógenos y limpiar su karma que en modernizar el imperio, y esa desidia es la que empuja a Eddie a entender algo que resume toda la temporada: los buenos modales, en este negocio, se leen como debilidad; y acumular poder, inevitablemente, significa dejar de permitir que otros decidan por uno.
La pregunta que sobrevuela los ocho episodios es la misma que se hacía un crítico que escuché mientras esperaba el subte, después de la primera función prensa: «¿Hasta dónde puede llegar Eddie Horniman antes de que el costo de ese camino se vuelva irreversible?». No esspoiler, porque la serie tampoco la contesta del todo: la deja abierta, como corresponde, mientras Eddie se aleja del hombre que era al principio y se acerca a uno que quizá no quiera conocer en el espejo.
“Ya no es el mismo gentleman, ya no es el mismo duque: es algo que todavía no tiene nombre, pero que se siente cuando baja la escalera del castillo con las manos manchadas.”espectadora a la salida de la preestreno, en la puerta del cine
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